Un libro del antropólogo Carlos Fredy Ochoa García reconstruye el paisaje y el antiguo nombre de Xelajuj -Quetzaltenango- y plantea una nueva mirada sobre la historia de toda la región.

Redacción|laprensadeoccidente.com.gt
Mucho antes de que Quetzaltenango fuera conocida como Xela, antes de las calles, los edificios y las zonas pobladas actuales, el territorio era identificado a partir de sus montañas, volcanes, ríos y lugares sagrados.
El nombre de Xelajuj (“Bajo los diez”) aparece ligado a ese paisaje. Para comprender su significado y el origen de la denominación de Quetzaltenango, el antropólogo Carlos Fredy Ochoa García ha publicado los Títulos Tz’unun e Ixkot (editorial Maya Wuj 2026) estudiándolos junto con otros antiguos manuscritos k’iche’ y documentos coloniales, además, los contrastó con evidencias arqueológicas y con un recorrido por las cumbres de las montañas.
Su investigación permite observar el valle de Xelajuj de una manera distinta: no como un espacio delimitado únicamente por fronteras políticas, sino como un territorio cuya identidad estaba profundamente relacionada con los volcanes y sierras que lo rodean.
Un valle alrededor de los volcanes
El valle de Xelajuj ocupa una extensa altiplanicie sobre el occidente de la Sierra Madre, de aproximadamente 400 kilómetros cuadrados. Está rodeado por las sierras de Pa Raxk’im y Olitepeque y por varios volcanes que durante siglos han servido como referentes para quienes habitaron la región.
Entre ellos destacan el Lajuj Noj, actualmente conocido como volcán Santa María; el Lajuj Kej, identificado hoy como Candelaria o Cerro Quemado, y el Wuq Xikin Kan, conocido como “Siete Orejas”.

Estos nombres antiguos no eran simples etiquetas geográficas. Las montañas servían para orientarse, marcar territorios y explicar la relación de las comunidades con el paisaje.
Uno de los volcanes que ocupa un lugar importante en esta historia es el Lajuj Kej, cuyo nombre significa “Diez venados”. Antiguos documentos registran su actividad volcánica muchos siglos antes del volcán Santa María.
El Memorial de Sololá menciona que en 1571 “se oscureció Xelajub’” durante la época de Navidad. Ocho años después, la Relación de Zapotitlán registró una erupción y llamó a esta montaña “volcán de Quezaltenango”.
El volcán volvió a mostrar actividad en 1765 y 1818, acontecimientos que contribuyeron a que posteriormente fuera conocido como Cerro Quemado. El viajero estadounidense John Lloyd Stephens también observó una de sus erupciones cerca de 1840. El volcán Santa María comenzó sus erupciones hasta 1902.

La escena que pudo cambiar el nombre
Uno de los episodios más llamativos encontrados en el Título K’oyoy, uno de los antiguos manuscritos de Xelajuj, dejo registrado que durante la invasión de Xelajuj, se produjo una gran erupción que sorprendió a Pedro de Alvarado, a quien el documento llama Tunatiw.
El relato describe una luz que cayó del cielo y un “gran fuego”. Alvarado habría preguntado a los mexicanos que lo acompañaban cuál era el nombre de aquella “montaña”.
La respuesta, según la traducción revisada del documento, fue “Tenanko”, una palabra de origen náhuatl relacionada con la idea de montaña donde hay una ciudad amurallada.
A partir de esa respuesta, Ochoa García retoma una de las claves para saber el origen del nombre Quetzaltenango.
La explicación tradicional suele relacionar el nombre con los quetzales, que en parte es cierta. Sin embargo, esta investigación plantea que el relato del Título K’oyoy habla de una ciudad amurallada al pie de un volcán en erupción; los mexicanos la conocían por su producción de plumas de quetzal, que llegaban hasta México, por tributo o por comercio. Después de escuchar la respuesta, Alvarado habría decidido cambiar el nombre por el de montaña “Quetzaltenanko”.
De esta manera, el nombre que posteriormente evolucionaría hacia Quetzaltenango estaría relacionado con el entendimiento de aquella expresión náhuatl y no necesariamente con una traducción directa de una palabra k’iche’.

¿Dónde estaba la antigua Xelajuj?
El libro también propone una revisión de otro aspecto importante: la ubicación del principal asentamiento de la antigua Xelajuj.
Durante mucho tiempo, diferentes interpretaciones identificaron determinados acontecimientos históricos con el volcán Santa María. Sin embargo, a partir de la revisión de los documentos antiguos, sobre todo de una lectura atenta de su idioma k’iche’, Ochoa García señala señalan a la parte baja del volcán Lajuj Kej, (“diez venado”) actualmente relacionado con el volcán Candelaria y Cerro Quemado, directamente, a lo que se conoce como el “cerro La Pedrera”.
Esta interpretación tiene consecuencias importantes. El Título Nija’ib’ también registró que, durante una antigua campaña militar, se tomó el poder de un importante pueblo bajo gobierno mam junto a un lugar denominado “Ixkanul”.
Algunos investigadores interpretaron Ixkanul como una referencia al volcán Santa María. Pero el lingüista y escritor Sam Colop, sin embargo, señaló que Xkanul es un término genérico para todo “volcán”.
Para Ochoa García, esto confirma que este Ixkanul o volcán apunta al volcán Lajuj Kej.
Esto reforzaría la hipótesis de que uno de los principales asentamientos de la antigua Xelajuj se encontraba al pie de este volcán, sobre el sector de La Pedrera. La arqueología de la zona aporta elementos que respaldan esta posibilidad.
La respuesta fue “Tenanko”, una palabra de origen náhuatl relacionada con una ciudad amurallada. Para Ochoa García, esta expresión constituye una de las claves para entender el origen del nombre Quetzaltenango.
Cuando las montañas eran parte de la vida
El paisaje de Xelajuj no esta compuesto únicamente por volcanes. Para los antiguos habitantes, las montañas no eran solamente accidentes geográficos.
Formaban parte de una geografía sagrada, en la que las cumbres estaban vinculadas con el conocimiento, la memoria y la espiritualidad.
El término no’j, presente en nombres como Lajuj No’j, (antiguo nombre del volcán Santa maría) está relacionado con la idea de conocimiento, sabiduría o pensamiento.
El antiguo territorio de Xelajuj se extendía hacia la bocacosta (El palmar y Zunil, lo que ahora es Zunilito) y estaba conectado mediante ríos y rutas con las tierras bajas del Pacífico. Entre esos destaca el río Samalá, que recorre unos 77 kilómetros y constituía una vía estratégica de comunicación.
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Hacia el sur se encontraba Pa Lajuj No’j, una planicie de unos 15 kilómetros cuadrados situada entre las montañas que hoy se identifican con Santa María, Candelaria y Siete Orejas.
Las antiguas crónicas también mencionan a Chuwa ra’al, expresión que puede traducirse como “en medio de los pinos” y también hablan de Chui Pache (Arriba de la Trenza). Actualmente ese espacio es conocido como Llanos del Pinal y Xepache (Debajo de la Trenza).
Siete Orejas y las montañas que marcaban el territorio
Otro de los grandes referentes del valle es el volcán Siete Orejas. Su antiguo nombre aparece tanto en mam como en k’iche’ y hace referencia a “siete ondulaciones de la serpiente”.

La explicación está relacionada con la forma del cráter del volcán y sus siete picos. Pero esas cumbres tenían también una función práctica: servían como mojones o referencias para establecer límites territoriales.
El valle de Xelajuj se cierra por los lados por la sierra de “Olintepeque” (Montaña del movimiento o del hule) y la sierra de Pa Raxk’im (Del pajonal verde)
Los antiguos documentos describen diferentes maneras de señalar los linderos: cumbres, ríos, barrancos, peñascos, cruces y otros accidentes del terreno, con altares ceremoniales.
En otras palabras, el territorio se podía leer como un enorme mapa señalado por la propia naturaleza.

Xelajuj: un nombre para todo un territorio
La investigación que presenta el libro “Xelajuj en la Historia Antigua” permite regresar a la pregunta inicial: ¿qué significa Xelajuj? En el siglo XV, los pueblos de la región utilizaban nombres relacionados con las características sobresalientes del paisaje.
Así ocurrió con otros territorios como Iximche’, relacionado con un territorio de encinos pequeños, o K’iche’, asociado con los magueyes. En este contexto aparece Xelajuj: xe, “debajo”, y lajuj, “diez”.
Más que describir únicamente un punto en el mapa, el nombre podía funcionar como una referencia para identificar un territorio completo. Ese territorio incluía montañas, llanuras, volcanes, ríos, rutas y comunidades. Por eso, comprender Xelajuj implica mucho más que buscar una traducción literal.
El territorio como memoria
Uno de los aportes más interesantes de esta investigación es precisamente esa mirada sobre el territorio. Para las antiguas comunidades, la tierra no era solamente un espacio que podía ser poseído o administrado. Era también lugar de pertenencia, conocimiento, memoria y vida.
Las expresiones utilizadas en los manuscritos para hablar de las montañas y del territorio transmiten ideas de comunidad y pertenencia, espacios que definían la relación entre comunidades. En este libro se presenta a nueve comunidades que poblaban este territorio.
Así, detrás del nombre de Quetzaltenango existe una historia mucho más antigua que la ciudad moderna. Es la historia de un valle rodeado de volcanes, atravesado por ríos y conectado con la bocacosta; un territorio que durante siglos fue nombrado, recorrido, disputado y recordado por sus habitantes.
Quetzaltenango no comenzó con la ciudad que hoy se conoce. Su historia está escrita en las montañas que la rodean, así la registraron los manuscritos antiguos.
Y quizá por eso, cuando se pregunta de dónde viene su nombre, la respuesta no se encuentra en una sola palabra, sino en la compleja historia de Xelajuj, sus volcanes, sus pueblos y las lenguas que nombraron este territorio.

La investigación que presenta el libro “Xelajuj en la Historia Antigua” permite regresar a la pregunta inicial: ¿qué significa Xelajuj? En el siglo XV, los pueblos de la región utilizaban nombres relacionados con las características sobresalientes del paisaje.





