En agosto se conmemoró el mes Scout y Quetzaltenango tiene una historia que contar que va mucho más allá de los campamentos, las fogatas y los uniformes. En esta ciudad comenzó el primer grupo Scout de Guatemala, hace 110 años. Desde entonces, el movimiento ha vivido una trayectoria marcada por el crecimiento, la época de oro, las crisis y una nueva lucha por recuperar el terreno perdido.

José Cancinos – Fotos Rony Vélizy J Cancinos.
La historia comenzó en 1916, cuando Roberto Jazán, un ciudadano suizo-francés y maestro auxiliar del Instituto Normal para Varones de Occidente (INVO), reunió a sus alumnos para formar un grupo Scout.
Chazán había conocido el movimiento en su tierra natal y decidió trasladar aquella experiencia a los jóvenes quetzaltecos, relató en entrevista Eliu Tzic, coordinador del Grupo 1022 de Quetzaltenango de la Asociación de Scout de Guatemala.
Tzic cuenta que aquella agrupación convirtió a Quetzaltenango en la primera ciudad de Guatemala donde existió un grupo Scout. En ese momento, ni siquiera la capital contaba con una organización similar.

La historia del fundador estuvo marcada por el servicio.
En 1917, una epidemia afectó a comunidades de la Costa Sur y Chazán acudió para colaborar en la emergencia, falleció en Escuintla mientras prestaba ayuda. Su muerte quedó ligada a uno de los principios que posteriormente marcarían la identidad del escultismo: “servir a los demás”.
El movimiento sobrevivió a aquella primera etapa. Aunque durante algunos años avanzó con altibajos, en 1920 comenzó a consolidarse en la ciudad de Guatemala.
En Quetzaltenango, el escultismo retomó fuerza alrededor de 1950 con el Grupo 1 de San Francisco de Asís, que tenía su sede en el callejón del Teatro Roma.
La época en que Quetzaltenango se llenó de Scouts
Con el paso de las décadas aparecieron nuevos grupos. Algunos desaparecieron por falta de dirigentes y otros lograron mantenerse durante años. El problema, explican los antiguos Scouts, no era encontrar niños interesados.
“Niños hay en todas partes”, es la idea que resume Tzic. El elemento fundamental para mantener vivo el movimiento son los adultos que aceptan dirigir, formar y acompañar a los menores.

El momento de mayor esplendor llegó durante la década de 1980. Quetzaltenango llegó a contar con más de 20 grupos Scout y había agrupaciones prácticamente en distintos municipios del departamento.
La ciudad no era solamente un lugar donde existían grupos. También tuvo protagonismo dentro de la estructura nacional. Quetzaltenango fue sede de campamentos a nivel nacional y de cursos de formación para dirigentes, lo que convirtió a la ciudad en uno de los centros importantes del escultismo guatemalteco.
Para quienes vivieron aquellos años, la memoria está llena de imágenes.
Los Scouts participaban en desfiles, procesiones, caminatas y entradas de vueltas ciclísticas. Allí estaban proporcionando agua, colaborando con primeros auxilios o ayudando a mantener el orden. Algunas de esas tareas que antes realizaban empíricamente los Scouts posteriormente pasaron a instituciones especializadas, como la Cruz Roja.
Proyectos destinados a dejar una huella permanente
El Comité Regional de Quetzaltenango consiguió el usufructo de un terreno en la parte posterior del cerro El Baúl para establecer un campo escuela, que recibió el nombre de Roberto Chazán.
El proyecto, sin embargo, terminó perdiéndose por falta de apoyo.
Otro logro permaneció: la Casa Scout, ubicada en la 13 avenida, cerca de Gobernación, continúa como punto de encuentro para dirigentes, niños y adolescentes. El inmueble, conocido como Casa Aparicio, primero fue otorgado en usufructo por 10 años y posteriormente por 50 años.
Hermandad que derribaba barreras
La época de oro también fue recordada por algo menos visible que el número de grupos: la convivencia.
Tzic recordó que el movimiento reunía a jóvenes de diferentes estratos sociales. Una de sus normas establece que el Scout es amigo de todos los Scouts, sin distinción de raza, credo o clase social.
En los campamentos y actividades, esas diferencias quedaban atrás. Era un espacio donde podían encontrarse personas que, fuera del movimiento, difícilmente habrían compartido los mismos espacios.

Esa hermandad forma parte de la nostalgia de quienes participaron en aquellos años. También lo es el respeto que, según recuerda, despertaba el uniforme Scout entre los ciudadanos.
Había una presencia cotidiana en las calles. Incluso durante los años 80 se impulsaron murales en paredes de distintos sectores de la Ciudad Altense que mostraban acciones positivas relacionadas con el escultismo, como una forma de acercar el movimiento a la población.
De 20 grupos a cinco
El esplendor, sin embargo, no fue permanente. Con el paso de los años, distintas crisis provocaron el debilitamiento del movimiento. De los más de 20 grupos que llegaron a funcionar en Quetzaltenango, actualmente permanecen cinco grupos activos, según el antiguo dirigente.
También desaparecieron agrupaciones que anteriormente funcionaban en municipios del departamento.
Las causas fueron diversas: falta de recurso adulto, pérdida de motivación de dirigentes y falta de apoyo para quienes tenían la responsabilidad de mantener los grupos.
El contraste resulta difícil de ignorar. Quienes alguna vez vieron las calles de Quetzaltenango llenas de jóvenes uniformados ahora escuchan una pregunta que resume el cambio de época: “¿Y todavía hay Scouts?”, dice Tzic. Pero la historia no terminó.
Cuando el movimiento dejó de ser solo para hombres
El escultismo también cambió junto con la sociedad. En sus primeros años, el programa estaba dirigido exclusivamente a hombres. Posteriormente se abrió la participación a las mujeres. El proceso de apertura comenzó alrededor de 1980, hasta convertir los grupos en espacios mixtos.
El dirigente explica que el cambio también respondió a una realidad familiar: padres que tenían un hijo Scout y una hija que igualmente quería participar. Pero, además, la incorporación de las mujeres significó sumar un elemento importante para la formación de niños y jóvenes.
Con esa transformación desapareció la denominación “Boy Scout” y quedó el término Scout como referencia de un movimiento integrado por hombres y mujeres, aclaró Tzic.
Más que campamentos y fogatas
La permanencia del movimiento también se explica por su propuesta de formación.
El escultismo se sostiene sobre principios como Dios, patria y hogar. La intención es que el joven aprenda a ser coherente con sus valores en todos los espacios: en el grupo, en la escuela, en el trabajo y en su casa.
Uno de sus símbolos es el nudo de la buena acción. Cada Scout debe procurar realizar al menos una buena acción diaria. El nudo colocado en la pañoleta sirve como recordatorio de ese compromiso. Cuando cumple la acción, desata el nudo, dijo Tzic.

La formación se adapta a cada edad.
Los cachorros, de cinco a siete años; los lobatos, de siete a 11; los Scouts, de 11 a 15; los caminantes, de 15 a 18, y los rovers, de 18 a 24 años.
Cada etapa incorpora nuevas responsabilidades. Cocinar puede comenzar con aprender a lavarse las manos y limpiar los utensilios. Después viene preparar alimentos sencillos y, conforme aumenta la edad, elaborar platos más complejos o aprender técnicas para cocinar sin los utensilios habituales.
La lógica es aprender progresivamente para estar preparado ante los retos de la vida.
La enseñanza también se traslada a la comunidad. Los Scouts participan en campañas de reforestación, actividades de salud, colectas y otras acciones de servicio. Una buena acción puede ser algo tan cotidiano como ceder el asiento a una persona mayor, ayudarla a cruzar una calle o facilitarle el paso.
El reto de sobrevivir en la era de las pantallas
El desafío actual es distinto al que enfrentaron los primeros Scouts. José Zelada, ejecutivo Scout de la region Quetzaltenango, considera que los niños y adolescentes de hoy crecen rodeados de tecnología y pasan buena parte de su tiempo frente a una pantalla. En esa realidad, el movimiento intenta recuperar espacios de convivencia, naturaleza, servicio y contacto directo con otras personas.
La estrategia para volver a crecer consiste en hacerse visible nuevamente.
La Asociación de Scouts de Guatemala ha impulsado caminatas, actividades públicas, encuentros en el Parque Central y acercamientos con escuelas. Estas actividades han permitido que padres de familia se acerquen para solicitar información y conocer las posibilidades de incorporar a sus hijos.
Actualmente se contabilizan aproximadamente 400 personas inscritas en la ciudad de Quetzaltenango, aunque el proceso de inscripción continúa hasta noviembre. La meta es que los cinco grupos actuales puedan convertirse en seis, siete u ocho y que el movimiento termine el año con mayor presencia.
Los dirigentes admiten que recuperar el esplendor no será sencillo, pero aseguran que ya existe una respuesta positiva de la población.

La fogata todavía está encendida
Hay una imagen que quizá resume mejor que ninguna otra la esencia del escultismo: la fogata.
En la Casa Scout ya no se realizan por las características de las instalaciones, pero los grupos continúan organizándolas en otros lugares. Para los Scouts, dijo Zelada, sentarse alrededor del fuego no es solamente una actividad recreativa. Cada fogata tiene su historia, su significado y su propia mística.
También la historia del movimiento Scout en Quetzaltenango tiene una mística propia.
Nació en Quetzaltenango en 1916, cuando Roberto Jazán llevó el escultismo a sus alumnos del INVO. Atravesó la muerte de su fundador, sobrevivió a sus primeros años, se consolidó, alcanzó una época de oro con más de 20 grupos, llenó las calles de uniformes y servicios comunitarios, derribó barreras sociales, abrió sus puertas a las mujeres y después enfrentó una larga etapa de debilitamiento.
Hoy quedan cinco grupos activos y unos 400 inscritos en la ciudad.
La pregunta que alguna vez sonó como una sorpresa —“¿y todavía hay Scouts?”— comienza a tener una respuesta. Sí, todavía hay Scouts, se responde Tzic.
Y en este agosto, mientras recuerdan una historia que comenzó hace 110 años, los dirigentes quetzaltecos intentan que aquella llama que sobrevivió a las crisis vuelva a crecer. No buscan solamente recuperar el número de grupos de los años 80. Buscan que una nueva generación vuelva a encontrar en el escultismo un espacio para aprender, servir, convivir y prepararse para la vida.
Porque la historia de los Scouts en Quetzaltenango no parece estar llegando a su final. Después de haber nacido, crecer, alcanzar su época de oro, perder fuerza y sobrevivir, ahora intenta comenzar una nueva etapa: renacer.
El fundador del escultismo

Robert Baden-Powell fue coronel del ejército británico, participó en la Segunda Guerra Mundial, contó con un cuerpo de cadetes de entre 12 y 15 años, que se encargaron de transmitir mensajes, curar a los heridos y vigilar los movimientos del enemigo. El coronel se sorprendió del potencial y la valentía de los adolescentes, y decidió explotar estas capacidades en tiempos de paz.
En 1907, Baden-Powell organizó el primer campamento scout, de cariz experimental, en la isla de Brownsea, Inglaterra.
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