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¿Qué pasa con el Xelajú MC? El campeón perdió algo más que partidos

No soy un gran aficionado al fútbol; sin embargo, el oficio me obligó a seguir de cerca a los Superchivos y, con el tiempo, terminé encontrándole sabor, pasión y hasta cierta magia a ese ritual que cada jornada convoca a miles alrededor de una cancha.

Adrián Velásquez | LAPRENSADEOCCIDENTE.COM.GT

Comencé a disfrutar los partidos desde la era de Amarini Villatoro. Admiré su carácter, su personalidad y, sobre todo, su capacidad estratégica. A mi juicio, Villatoro fue uno de los mejores directores técnicos que ha tenido el Xelajú. No solamente por los resultados, sino por la sensación de que había un equipo que sabía a qué jugaba.

Eduardo Galeano escribió que el fútbol es “la única religión que no tiene ateos” y también lo describió como esa locura capaz de devolverle al ser humano la condición de niño por un rato. En El fútbol a sol y sombra, Galeano retrató con particular sensibilidad a quienes hacen posible ese espectáculo: el jugador que corre detrás de la gloria; el técnico condenado por el resultado; el árbitro convertido casi siempre en villano y el gol como ese instante de felicidad colectiva que puede hacer temblar un estadio.

Y eso es precisamente lo que hoy me lleva a preguntar: ¿qué le está pasando al equipo campeón?

Quizás por eso el fútbol no se puede explicar únicamente con estadísticas. Hay algo más. Hay mística, carácter, convicción, compromiso y sentido de equipo. Y es justamente eso lo que, desde mi perspectiva, parece estar faltándole a los jugadores del Xelajú.

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El campeón parece haber perdido algo. Los jugadores tienen calidad. Eso no está en discusión. Pero tener buenos futbolistas no necesariamente significa tener un buen equipo.

Un equipo campeón necesita algo más que talento: necesita creer en lo que hace, entender el esfuerzo colectivo y asumir que cada partido se juega con la misma intensidad, independientemente del rival. Por momentos, el Xelajú parece haber perdido esa identidad.

Hay situaciones que llaman particularmente la atención. Por ejemplo, un capitán que ha sido expulsado dos veces en partidos importantes deja una imagen preocupante. Un capitán no solamente porta un gafete; también representa liderazgo, equilibrio y responsabilidad.

Cuando esa figura abandona el terreno de juego en momentos determinantes, el problema deja de ser únicamente individual y termina afectando al conjunto.

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También se observa, en determinados momentos, a jugadores que parecen llegar tarde a las jugadas, que no alcanzan la velocidad del rival o que pierden balones con demasiada facilidad. ¿Es falta de condición física? ¿Es cansancio? ¿Es desconcentración? ¿O simplemente falta de esa hambre que caracteriza a un equipo que quiere volver a ganar?

Por momentos, los jóvenes parecen desorientados. Se observan pases que no encuentran destinatario, movimientos que no generan peligro y jugadores que parecen intentar resolver cada jugada de manera individual. Y cuando eso ocurre, la palabra que aparece inevitablemente, en el imaginario de la afición, es equipo.

Porque el fútbol no se gana solamente con once jugadores buenos. Se gana cuando esos once entienden que están jugando juntos. Un pase no debería ser simplemente entregar la pelota. Debería ser parte de una idea. Un movimiento debería provocar otro. Eso es lo que convierte a un grupo de futbolistas en un equipo.

¿Y el técnico?

Desde afuera, el estratega parece vivir los partidos con preocupación. Se le observa pendiente de lo que ocurre, intentando corregir y buscando respuestas. Pero también transmite, al menos desde la tribuna, una sensación de falta de liderazgo.

Y aquí está una de las grandes responsabilidades de un director técnico: lograr que sus jugadores crean en una idea y la ejecuten dentro de la cancha. Si el técnico ordena y los jugadores hacen otra cosa, hay un problema. Si los jugadores no encuentran respuestas durante el partido, hay un problema. Si el equipo pierde el rumbo y desde el banquillo no aparece una reacción capaz de cambiar la historia, también hay un problema.

No se trata solamente de señalar al entrenador. Tampoco de culpar únicamente a los jugadores. El fútbol es colectivo y las responsabilidades también lo son.

El campeón necesita reencontrarse.

La directiva

Los directivos, ahora tienen la responsabilidad de cambiar el rumbo del equipo. ¿Cómo? Seguramente no es sencillo, pero a los jugadores se les está pagando bien y hay que hacerles conciencia de que el dinero de sus sueldos viene de una afición, de una barra que se llama Sexto Estado (hay otras barras, perdón, no recuerdo su nombre) y que esos nombres se respetan y que eso, es un compromiso de honor.

El Sexto Estado, como tal, tiene historia. Sería bueno darles un poco de formación académica, histórica,  tanto a los jugadores como al director técnico y la directiva asumir la responsabilidad.

No todo es plata, no todo son estadios de concreto o nuevos estadios, con dinero de un tipo para ganar elecciones, también debe haber mística, educación,  crear conciencia de que a Xela se le respeta, no solo ser “fisiquines” en la cancha sino que la afición pide resultados.  Quizás se necesite algo más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: reencontrarse consigo mismos.

El aficionado puede perdonar una derrota, puede aceptar que el rival fue superior; incluso puede entender que un partido simplemente salió mal. Lo que difícilmente perdona es la sensación de que su equipo no dejó todo en la cancha.

Porque al final, como diría Galeano, el fútbol también es esa locura que nos permite volver a ser niños. Y los niños, cuando juegan, nunca quieren perder.

Adrián Velásquez, fundador y director general de La Prensa de Occidente. Ejerce periodismo desde 1982. Su carrera: El Gráfico, Prensa Libre, Nuestro Diario, Radio Exclusiva, Metrostero, Secretaría de Comunicación Social de la Presidencia. Experiencias en medios de Japón, Alemania, Argentina. Asesor en Comunicación Estratégica.

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Adrián Velásquez | LAPRENSADEOCCIDENTE.COM.GT

Comencé a disfrutar los partidos desde la era de Amarini Villatoro. Admiré su carácter, su personalidad y, sobre todo, su capacidad estratégica. A mi juicio, Villatoro fue uno de los mejores directores técnicos que ha tenido el Xelajú. No solamente por los resultados, sino por la sensación de que había un equipo que sabía a qué jugaba.

Eduardo Galeano escribió que el fútbol es “la única religión que no tiene ateos” y también lo describió como esa locura capaz de devolverle al ser humano la condición de niño por un rato. En El fútbol a sol y sombra, Galeano retrató con particular sensibilidad a quienes hacen posible ese espectáculo: el jugador que corre detrás de la gloria; el técnico condenado por el resultado; el árbitro convertido casi siempre en villano y el gol como ese instante de felicidad colectiva que puede hacer temblar un estadio.

Y eso es precisamente lo que hoy me lleva a preguntar: ¿qué le está pasando al equipo campeón?

Quizás por eso el fútbol no se puede explicar únicamente con estadísticas. Hay algo más. Hay mística, carácter, convicción, compromiso y sentido de equipo. Y es justamente eso lo que, desde mi perspectiva, parece estar faltándole a los jugadores del Xelajú.

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Hay situaciones que llaman particularmente la atención. Por ejemplo, un capitán que ha sido expulsado dos veces en partidos importantes deja una imagen preocupante. Un capitán no solamente porta un gafete; también representa liderazgo, equilibrio y responsabilidad.

Cuando esa figura abandona el terreno de juego en momentos determinantes, el problema deja de ser únicamente individual y termina afectando al conjunto.

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Por momentos, los jóvenes parecen desorientados. Se observan pases que no encuentran destinatario, movimientos que no generan peligro y jugadores que parecen intentar resolver cada jugada de manera individual. Y cuando eso ocurre, la palabra que aparece inevitablemente, en el imaginario de la afición, es equipo.

Porque el fútbol no se gana solamente con once jugadores buenos. Se gana cuando esos once entienden que están jugando juntos. Un pase no debería ser simplemente entregar la pelota. Debería ser parte de una idea. Un movimiento debería provocar otro. Eso es lo que convierte a un grupo de futbolistas en un equipo.

¿Y el técnico?

Desde afuera, el estratega parece vivir los partidos con preocupación. Se le observa pendiente de lo que ocurre, intentando corregir y buscando respuestas. Pero también transmite, al menos desde la tribuna, una sensación de falta de liderazgo.

Y aquí está una de las grandes responsabilidades de un director técnico: lograr que sus jugadores crean en una idea y la ejecuten dentro de la cancha. Si el técnico ordena y los jugadores hacen otra cosa, hay un problema. Si los jugadores no encuentran respuestas durante el partido, hay un problema. Si el equipo pierde el rumbo y desde el banquillo no aparece una reacción capaz de cambiar la historia, también hay un problema.

No se trata solamente de señalar al entrenador. Tampoco de culpar únicamente a los jugadores. El fútbol es colectivo y las responsabilidades también lo son.

El campeón necesita reencontrarse.

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Los directivos, ahora tienen la responsabilidad de cambiar el rumbo del equipo. ¿Cómo? Seguramente no es sencillo, pero a los jugadores se les está pagando bien y hay que hacerles conciencia de que el dinero de sus sueldos viene de una afición, de una barra que se llama Sexto Estado (hay otras barras, perdón, no recuerdo su nombre) y que esos nombres se respetan y que eso, es un compromiso de honor.

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Porque al final, como diría Galeano, el fútbol también es esa locura que nos permite volver a ser niños. Y los niños, cuando juegan, nunca quieren perder.

Adrián Velásquez, fundador y director general de La Prensa de Occidente. Ejerce periodismo desde 1982. Su carrera: El Gráfico, Prensa Libre, Nuestro Diario, Radio Exclusiva, Metrostero, Secretaría de Comunicación Social de la Presidencia. Experiencias en medios de Japón, Alemania, Argentina. Asesor en Comunicación Estratégica.

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