Desde hace más de ocho décadas, una familia de marmolistas transforma la piedra en recuerdos que perduran. En la Calle Real del Calvario, cerca del Cementerio General de Quetzaltenango, Carlos Enrique Juárez Rivas mantiene vivo un oficio que aprendió de su padre y que hoy forma parte de la historia de su familia y de la ciudad.

José Cancinos | laprensadeoccidente.com.gt / Fotos David Pinto
En Quetzaltenango, noviembre tiene un sonido particular: el de las herramientas que golpean el mármol y dan forma a los nombres de quienes ya no están. En la Calle Real del Calvario, a pocos pasos del Cementerio General, los marmolistas trabajan para que las familias honren la memoria de sus seres queridos con lápidas, inscripciones y diseños que acompañarán sus tumbas durante años.
En ese sector, donde el tránsito de personas y los recuerdos de generaciones enteras se entrecruzan, Carlos Enrique Juárez Rivas, de 63 años, continúa una tradición familiar que comenzó hace más de ocho décadas. Aprendió el oficio de su padre, Celso Juárez, quien dedicó toda su vida a la marmolería y falleció a los 75 años.
Carlos lleva cerca de medio siglo vinculado al trabajo con la piedra. Su historia comenzó cuando tenía unos 12 años y llegaba al taller de su padre. En aquel entonces, su interés estaba más en jugar canicas que en aprender a utilizar las herramientas. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el juego.
Observó a los jóvenes que trabajaban en el taller, conoció los materiales y aprendió los movimientos necesarios para transformar una pieza de mármol en una inscripción. A los 14 o 15 años comenzó a recibir sus primeros ingresos por su trabajo.
Hoy dirige la Marmolería Italiana, en el mismo sector donde su padre construyó buena parte de su vida laboral. Su hermano mayor también se dedica a este arte, por lo que el conocimiento ha pasado de una generación a otra.
“Yo me siento muy feliz cuando me preguntan de todo esto, porque me encanta. La verdad es que mi trabajo me encanta”, expresa Juárez, mientras recuerda los años que ha dedicado a una labor que, para él, va más allá de tallar piedra.
Noviembre: cuando la memoria vuelve al cementerio
Cada año, las celebraciones del Día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y del Día de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre, llevan a miles de guatemaltecos a los cementerios para visitar las tumbas de sus familiares y amigos.
En Guatemala, estas fechas reúnen expresiones de memoria, tradición y convivencia familiar. Las personas limpian y adornan las sepulturas, colocan flores, encienden veladoras y comparten recuerdos de quienes fallecieron. En algunas comunidades, las celebraciones también incluyen comidas tradicionales y otras prácticas transmitidas entre generaciones.

El Cementerio General de Quetzaltenango recibe a muchas personas que visitan las tumbas de sus seres queridos. Durante los días previos al 1 de noviembre, las familias limpian y adornan estos espacios. Además, revisan las lápidas para mantenerlas en buen estado.
Cada lápida guarda el nombre de una persona y parte de su historia familiar. Por eso, el trabajo de los marmolistas es importante. Ellos elaboran las piezas que identifican las tumbas y llevan nombres, fechas, dedicatorias y recuerdos.
Los pedidos de lápidas llegan durante todo el año. Sin embargo, el trabajo aumenta antes del Día de Todos los Santos. Carlos Juárez recuerda que, en años anteriores, los trabajadores pasaban largas jornadas en los talleres. A veces, trabajaban hasta la madrugada para entregar los pedidos a tiempo.
Una historia que comenzó hace más de 80 años
La Marmolería Italiana tiene una historia de unos 80 u 85 años. Según cuenta Carlos Juárez, su padre aprendió el oficio de un trabajador italiano. Con los años, Celso Juárez hizo crecer el negocio y logró mantener a su familia con este trabajo.
El taller aún guarda objetos que le recuerdan a su padre. Entre ellos hay un martillo que recibió como regalo cuando era niño y un banquito que su padre usaba para trabajar.
Para Carlos, estos objetos tienen un gran valor sentimental. Cada uno le trae recuerdos de su padre y le permite mantener viva su memoria.

También guarda documentos que forman parte de la historia familiar. Entre ellos hay diplomas de la Municipalidad de Quetzaltenango que reconocen la participación de Celso Juárez en actividades de la feria de la ciudad. En esos eventos, él mostraba las lápidas que elaboraba a mano.
Llevar las piezas hasta el recinto ferial no era fácil. En aquella época, transportar materiales pesados requería más esfuerzo que en la actualidad. Sin embargo, las exposiciones permitían que los vecinos conocieran el trabajo de los marmolistas.
Estos reconocimientos muestran la importancia que tuvo el oficio en Quetzaltenango. Además de ser una fuente de ingresos para la familia, la marmolería formó parte de la vida y las tradiciones de la ciudad.
El Calvario, territorio de los marmolistas
La ubicación de las marmolerías en El Calvario responde a una relación directa con el Cementerio General. La cercanía facilitaba el acceso de las familias que buscaban lápidas y otros trabajos para las sepulturas, además de vincular los talleres con el paso de los cortejos fúnebres.
Con los años, el sector se convirtió en un punto de referencia para quienes necesitaban este tipo de servicios. El oficio también se extendió a otros municipios cuando trabajadores formados en los talleres quetzaltecos llevaron sus conocimientos a lugares como Huehuetenango, Mazatenango y Coatepeque.

“En Xela empezó casi todo, se podría decir hasta cierto punto, de aquí de parte de mi papá”, señala Juárez al referirse a la influencia que atribuye a los antiguos marmolistas de la ciudad.
Se calcula que existen alrededor de 20 marmolerías en Quetzaltenango actualmente. Aunque el crecimiento urbano y los cambios comerciales han transformado el entorno, estos talleres continúan atendiendo a las familias que buscan conservar la memoria de sus difuntos.
En la calle de El Calvario, cada negocio guarda una parte de esa historia. Algunos trabajos responden a diseños tradicionales; otros incorporan nuevos materiales, acabados y formas de personalización.
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Del martillo y el cincel a la tecnología
La elaboración de una lápida requiere precisión, paciencia y conocimiento de los materiales. Durante muchos años, los marmolistas trabajaron con herramientas manuales, como el martillo, el cincel y el lápiz. Con ellas, tallaban letras y dibujos sobre la piedra.
Según Juárez, elaborar una pieza podía tomar uno o dos días, según el diseño y los acabados. En las temporadas de mayor demanda, los trabajadores debían extender sus jornadas para cumplir con los pedidos.
Hace unos 30 años comenzaron a utilizar equipos como el compresor y el martillo neumático. Estas herramientas facilitaron el trabajo. Después, las computadoras y la técnica de arenado permitieron hacer letras, imágenes y diseños en menos tiempo.
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Con estos avances, disminuyó parte del trabajo manual y surgieron nuevas formas de personalizar las lápidas. Además, los talleres comenzaron a combinar las técnicas tradicionales con herramientas modernas.
A pesar de estos cambios, Juárez mantiene el trabajo artesanal. Considera que cada pieza hecha a mano tiene un valor especial, pues requiere dedicación y refleja la experiencia del marmolista.
Los talleres también utilizan granito, además de mármol. Esta piedra tiene características diferentes y permite crear otros acabados y diseños.
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Una huella que permanece
La historia de Carlos Enrique Juárez Rivas está ligada a la de su padre, a los objetos que conserva en el taller y a una calle que durante décadas ha estado vinculada con el recuerdo de los difuntos.
Su martillo, el antiguo banco de trabajo y los diplomas de Celso Juárez cuentan una historia que no aparece únicamente en los registros municipales. También permanece en los conocimientos transmitidos, en las herramientas heredadas y en las lápidas que salen del taller rumbo al cementerio.
En vísperas del Día de Todos los Santos y del Día de los Fieles Difuntos, cuando numerosas familias regresan a las tumbas de sus seres queridos, el trabajo de los marmolistas adquiere una dimensión especial.
Ellos no conocieron necesariamente a las personas cuyos nombres graban, pero participan en una tarea que ayuda a mantener viva su memoria.




