Julia Sum Coyoy, es una mujer reconocida líder y activista indígena Maya K’iche’ que ha trabajado en la defensa de los derechos de las mujeres y la juventud en Quetzaltenango.

Adrián Velásquez- Fotos David Pinto.
Fue esposa de Rigoberto Quemé Chay, el primer alcalde indígena (Maya-K’iché) de Quetzaltenango, sirviendo durante dos períodos consecutivos (1996-2000 y 2000-2004), quien es antropólogo y destacado investigador social, con estudios y una maestría en Antropología Social de la Universidad de París VIII.
En esta entrevista, Sum Coyoy cuenta algunas facetas de su vida, carrera como esposa de Quemé Chay y su labor social en pro de las mujeres.
Una noche previa anunciaron al primer alcalde indígena en la historia de Quetzaltenango, que en la mesa central “estaban cabales” y que para su esposa, Julia Sum, no había ningún espacio. De manera que no tenía por qué presentarse.
La reina Sofía había visitado horas antes proyectos que España auspicia en Quetzaltenango, entre ellos la organización Asociación Mujer Tejedora del Desarrollo -AMUTED- dirigida por Julia Sum.
Al momento de la despedida, la reina le expresó a Julia:
—Nos veremos en la recepción.
A lo que Julia respondió:
—No asistiré, porque oficialmente no se ha contemplado mi presencia.
La reina se marchó.
“Realizábamos el programa de la Mujer con Cooperación Española quien nos comunicó que la reina Sofía visitaría Quetzaltenango y que deseaba conocer los proyectos”, cuenta la señora Sum.
“Vinieron a la alcaldía a decirle a Rigoberto quiénes exclusivamente podían estar en el acto de recepción a la Reina. Rigoberto expresó que íbamos a asistir él como alcalde y yo su esposa, pero le manifestaron que no era posible por la cantidad de invitados participantes, por esa razón yo no podía presentarme”, continúa.
“Entonces Rigoberto respondió que si no participaba su esposa, no concurriría porque como autoridad debía de respetarse la compañía de su esposa, sobre todo en la visita oficial de la Reina Sofía, además por el apoyo que ella proporcionaba a Quetzaltenango, y que nosotros queríamos recibirla y entregarle un presente”, añade.
“Al principio le dijeron que estaba bien, pero a última hora todo fue negativa. Entonces nosotros nos fuimos a la vivienda que una persona nos brindó donde la Reina Sofía conocería el proyecto, como en efecto sucedió, estuvo con nosotros. La recibimos y, al despedirse, una arquitecta que le acompañaba me preguntó si iba a estar en la recepción, le respondí que no, comentándole las razones. Y así quedó, permanecimos celebrando el acontecimiento en la casa de la compañera”, afirma.
A la hora prevista para la recepción, en uno de los salones de la Pensión Bonifaz, cerca del mediodía —cuando el sol alcanzaba su punto más alto—, la Reina comunicó a los organizadores que la esposa de Rigoberto Quemé debía estar presente; de lo contrario, ella se vería obligada a retirarse de la ciudad.
“Entonces me fueron a traer. Yo les dije que no, que habíamos decidido que no, pero me dijeron que no le hiciera un desaire porque era un llamado que me hacía la Reina. Así fue como me presenté. La Reina en la pensión Bonifaz, nos contó que le insistían para que empezaran los actos, pero como no estaba yo, se negaba, manifestando que hasta que yo estuviera presente ella se sentaba a la mesa para compartir”, finaliza.

De San Bartolo al Bolívar
La juventud de Julia Sum transcurrió entre las calles polvorientas del barrio Bolívar y San Bartolomé, en la segunda avenida entre la octava y la novena calle. Por aquellos años —mediados de los setenta— los adoquines comenzaron a cubrir esa vía, con el ritmo lento y obstinado de las obras que parecen no querer terminarse nunca, como si el tiempo tuviera otro compás en los barrios de provincia.
Los vecinos, figuras entrañables del paisaje cotidiano, proporcionaban al lugar aquella identidad que no figura en alguna crónica histórica pero que vale la pena mencionar porque son parte del panorama imaginario de la época hasta nuestros días.
Mencionemos a don David Sunum, maestro de escuela primaria, cuyas enseñanzas alentaron vida a la infancia de tres generaciones con las mismas lecciones, las mismas advertencias.
A unos metros, en una vivienda, en un corredor donde siempre había sombra, Marcelino Machic operaba una máquina Singer, una reliquia. Cosía la ropa de medio barrio: arreglaba un pantalón, remendaba un vestido, a mi me puso los parches de cuero en las rodillas del pantalón para no romperlos.
Pegada a la vivienda donde residía Julia, doña Adelina atendía la cantina del sector, un lugar con olor a alcohol, oscuro, con un mostrador de madera, en la radio sonaba la TGD y los hombres hablaban quizá de política, de fútbol o de cómo el mundo se les escapaba de las manos.
En esa misma casa, con paredes húmedas, patio interior y voces que nunca se iban del todo, vivía Rigo, en la casa de don Pedro. Entonces apenas era un muchacho quien años más tarde, se convertiría en el primer alcalde indígena de Quetzaltenango y, por esos hilos del destino que solo se tejen en los barrios de tradición, terminaría siendo el esposo de Julia.
“Antes nuestro centro de juego era la calle. Entonces nos juntábamos los niños de la vecindad, dijera El Chavo. Jugábamos e hicimos nuestro grupito de amigas y amigos. Y ahí fue como conocí a Rigoberto y pasó el tiempo.
Ellos siguieron bastantes años viviendo ahí. Después se fueron para la Democracia en el callejó del Teatro Roma. Pero la amistad siguió. Se hicieron otros grupos, nos volvimos a juntar y ahí fue como se dio nuevamente nuestra relación”.
¿Y sus papás no se oponían?
-No, fíjese que gracias a Dios no se opusieron. Siempre con las recomendaciones,
¿Cuántos hijos tuvieron?
-Tenemos tres hijos. Dos varones y una mujercita, pero un varón falleció en la pandemia. Entonces ahorita tengo dos hijos, nueve nietos y tres bisnietos.
¿Le llamó la atención cambiarse de traje, ponerse vestido como lo hacen muchos, casi todos?
-Fíjese que no. Aunque yo estudié vistiendo un uniforme, pero era regresar del colegio en la tarde, porque eran dos jornadas, mañana y tarde. Recuerdo que siempre regresaba a cambiarme.
¿Dónde estudió la primaria?
-La primaria la estudié en el Colegio Encarnación Rosal hasta tercero básico. Ahí me quedé. Yo ya no seguí estudiando.
El negocio de las menudencias
A doña Nela, la mamá de Julia, uno la podía ver cada mañana en el mercado La Democracia, entre el bullicio de las vendedoras, los aromas benditos y el grito metálico de un hacha golpeando hueso fresco. Doña Nela vendía menudencias. Su puesto en el mercado La Democracia quedaba justo detrás del de mi madre, y allí estaba Julia, acompañando en el negocio a su mamá.
Nuestras mamás y todas las mujeres en el mercado eran emprendedoras, ¿no?
-Yo pienso que fue una escuela importante para nosotras porque somos el seguimiento de esas mujeres emprendedoras. Somos así, la herencia que ellas nos dejaron la hemos llevado. Porque yo todavía mantengo el negocio, pero hoy mi hija es la que vende.
Entonces, esto sigue latente y presente. Fueron unas grandes mujeres cuya área de trabajo fue el mercado. Allí nos relacionamos con mucha gente de diferentes lugares, de municipios, de comunidades. Y también eso es importante porque ahí fue donde nosotras conocimos, más que todo, parte de nuestro contexto como mujeres indígenas.

Mujeres gladiadoras
En Quetzaltenango, tierra de montañas, niebla y memorias que se resisten al olvido, ha habido mujeres que no solo han desafiado las estructuras del tiempo, sino que han dejado marcas profundas en la vida de los otros. Mujeres que fueron, que siguen siendo, y cuyo legado —hecho de actos concretos, no de palabras vacías— aún tiene la fuerza de transformar realidades.
Elisa Molina de Stahl, por ejemplo, no se conformó con mirar desde la distancia las ausencias impuestas por la ceguera o el silencio de quienes no podían oír. En 1944, en un país que apenas despertaba de décadas de sombra, fundó el Comité Prociegos y Sordos de Guatemala. Hoy, tantas décadas después, su obra sigue viva, resistiendo al desgaste del tiempo, como si la voluntad de Elisa se hubiese quedado a vivir en sus pasillos.
También Julia Sum, es otra de esas mujeres que entendió que el desarrollo no cae del cielo ni llega por decreto, sino que se teje, día a día, con hilos de esfuerzo colectivo. Fundadora de la Asociación Mujer Tejedora del Desarrollo —AMUTED—, logró mucho más que un simple proyecto: creó una comunidad. Un espacio donde durante muchos años, miles de mujeres encontraron, no solo conocimientos, sino también una voz, un lugar y una posibilidad.
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Ambas, desde sus trincheras distintas pero unidas por la misma convicción, han transformado vidas. Porque eso hacen las mujeres que se atreven: plantan semillas en tierra dura, y de ahí brotan futuros.
“AMUTED es una asociación de mujeres constituida en 1997. Surge a raíz del acercamiento con mujeres, llevamos a cabo reuniones y el movimiento germinó sin pensarlo. Y es así como cobró vida. Es un lugar donde escuchamos el pensamiento y el sentir de las mujeres para tener mejores oportunidades”, cuenta la señora Sum.
“Este mes, estamos cumpliendo 28 años de vida. La asociación está ya más sólida, más fuerte. Tenemos personería jurídica y cinco programas, uno de ellos es la incidencia para la participación ciudadana en política.
El otro programa es el abordaje a la violencia. El tercero es la parte económico-productiva para las mujeres. Aquí tiene una función bastante importante porque es el centro de formación y capacitación”, añade.

¿Cómo se financian?
-Como asociación tuvimos la oportunidad de presentar proyectos a cooperación internacional y gozamos de su apoyo. También tenemos el económico-productivo que es como una escuela de formación que tiene un pago simbólico porque aquí nosotros, a las mujeres, por ejemplo, en el laboratorio de computación les dotamos de máquinas para que ellas puedan aprender.
¿Cuántas mujeres han pasado por aquí en estos 28 años?
-No podría tener un dato exacto pero sí son bastantes mujeres.
¿Y a esas mujeres les ha cambiado la vida estar aquí?
-Eso es lo más importante para nosotras como asociación, ver que todos estos procesos les han cambiado la vida a las mujeres. Tuvimos un programa muy interesante que se llamó Participación de las Mujeres en Procesos de Educación y Formación. Este programa consistió en la nivelación escolar, desde la alfabetización hasta diplomarse en Bachillerato por Madurez y algunas de las compañeras se integraron a la Universidad de San Carlos, a continuar una carrera.

Tejiendo el futuro
En la Asociación Mujer Tejedora del Desarrollo -AMUTED-, los años no han pasado en vano. Hasta el día de hoy, lo que ahí sucede no es simplemente formación o asistencia: es transformación.
Son mujeres que han recuperado algo que les fue arrebatado: la voz, la fuerza, la posibilidad. Son mujeres que, tras atravesar la violencia en sus distintas formas, han logrado, contra toda estadística y pronóstico, cambiar el curso de sus vidas.
Algunas de ellas han salido de sus comunidades de todos los municipios de Quetzaltenango, ahora ocupan otros espacios, han dejado de ser espectadoras para convertirse en actoras activas de su historia. Y AMUTED, fiel a su espíritu fundacional, no ha dejado de empujar ese cambio.
Hoy, la lucha continúa. No con discursos grandilocuentes, sino con acciones concretas, proyectos que nacen del territorio, de las necesidades reales. Uno de ellos —y tal vez el más ambicioso— lleva por nombre Sijonix Konohé, una expresión que en lengua originaria significa “Diálogo Político”.
Su objetivo es claro: propiciar un encuentro real entre la sociedad civil y la gobernanza local. Una conversación pendiente, necesaria y urgente, en un país donde muchas veces el poder se ha ejercido de espaldas a quienes más lo necesitan.
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