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Tres décadas de migajas: el impacto mínimo de las regalías mineras en los municipios

Alcaldes, expertos y el mismo ministerio de Energía y Minas admiten que las regalías que la industria minera aporta al Estado son insignificantes. Los vecinos padecen contaminación del aire y del agua, caminos en mal estado y ruido. Sin embargo, ni municipios ni gobierno central destinan a ellos el poco dinero que el sector deja al país. En parte, porque la ley data de 1997 y no se ha reformado.

Incluso la Gremial de Recursos Naturales, Minas y Canteras (Grenat), que agrupa a 25 empresas del sector y es parte del CACIF, admite de forma tácita que las regalías son demasiado bajas. La directora ejecutiva, Lesly Véliz, dice que “desde sus filas se promueve hablar sobre las regalías”.

En 2012 los agremiados acordaron de hecho dar un 4% extra a las municipalidades donde operaban, en concepto de regalía voluntaria. Los pagos se hacían al Banco de Guatemala y, de acuerdo con Gerardo Shell, asesor técnico de la Dirección de Minería, el dinero iba a un fondo de emergencia creado por el Ministerio de Finanzas.

Les movía, dice Véliz, “la importancia de promover desarrollo en los municipios hospederos de los proyectos”. “Cada socio aportaba directamente a las municipalidades”, dice la representante gremial, “y en muchos casos se notificaba al MEM para efectos de transparencia”.

El experimento duró solo cuatro años. Esos aportes “dejaron de existir por el vencimiento de acuerdos secundarios que los sustentaban”, dice de forma críptica Maricela Vidal, directora general de Minería en funciones.

En 2024 la gremial anunció un nuevo Compromiso Minero, que propone más fiscalización del sector. La directora ejecutiva afirma que se debe “discutir el regreso de los porcentajes extra”.

Guadalupe García Prado, directora del Observatorio de Industrias Extractivas (OIE), un equipo multidisciplinario no gubernamental que monitorea el impacto de la minería en Guatemala, critica el porcentaje actual y destaca que, además, la Ley no fija un destino específico para los fondos. La mayoría de municipios, dice, no los reinvierten en las comunidades afectadas y “usan el dinero como parte de su fondo común anual”.

Gualán es ejemplo de ello. A diferencia de otras comunas lleva un registro detallado del uso que hace de sus ingresos por minerías. Los documentos oficiales muestran que entre 2016 y 2025 la municipalidad destinó un total de  Q5,991,373.79, más del 80% de sus gastos de regalías, a la amortización o pago de intereses por préstamos.

El resto lo dedicó a gastos tan diversos como la compra de maquinaria para construcción (Q312,936.53 en 2023), útiles de oficina (Q3,498 en 2017) o la compra de prendas de vestir (Q15,000 en 2017 y Q551 en 2018 y 2019).

Autoridades Ancestrales del Valle de Palajunoj exigen reconocimiento oficial

El mordisco en la montaña

Cuando Amílcar Rivas llegó en 2018 a la gerencia municipal de Quetzaltenango, al que pertenece el barrio Tierra Colorada Baja, encontró mesas de diálogo entre alcaldía, mineras y comunidades.

Solo alcanzaron compromisos mínimos, como mejorar las carreteras usadas por las minas, pero varias empresas se retiraron alegando costos poco favorables. Piedra Azul, propiedad de Cementos Progreso, se quedó.

Juan Esteban Calderón es fotógrafo. Ha dedicado parte de su carrera a rescatar la memoria histórica del Valle de Palajunoj. Experto en observar, pasea por las calles polvorientas con los binoculares de su abuelo colgados del cuello.

“Mi madre se mudó ahí en 2013 y recuerdo haber tomado fotos de las montañas”, dice. “Hoy es como si a la montaña le hubieran dado una mordida gigante”.

A simple vista, reinando sobre la aldea, se aprecian los cortes simétricos que bordean la dentellada: líneas rectas de color verde que distinguen la vegetación que sobrevive del vacío beige de la tierra extraída por Piedra Azul.

Juan Esteban Calderón es fotógrafo y ha registrado a lo largo de una década el impacto de la minería en el Valle de Palajunoj, Quetzaltenango, donde su madre vive desde 2013. “Es como si a la montaña le hubieran dado una mordida gigante”, dice.

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Tres décadas de migajas: el impacto mínimo de las regalías mineras en los municipios

Alcaldes, expertos y el mismo ministerio de Energía y Minas admiten que las regalías que la industria minera aporta al Estado son insignificantes. Los vecinos padecen contaminación del aire y del agua, caminos en mal estado y ruido. Sin embargo, ni municipios ni gobierno central destinan a ellos el poco dinero que el sector deja al país. En parte, porque la ley data de 1997 y no se ha reformado.

Incluso la Gremial de Recursos Naturales, Minas y Canteras (Grenat), que agrupa a 25 empresas del sector y es parte del CACIF, admite de forma tácita que las regalías son demasiado bajas. La directora ejecutiva, Lesly Véliz, dice que “desde sus filas se promueve hablar sobre las regalías”.

En 2012 los agremiados acordaron de hecho dar un 4% extra a las municipalidades donde operaban, en concepto de regalía voluntaria. Los pagos se hacían al Banco de Guatemala y, de acuerdo con Gerardo Shell, asesor técnico de la Dirección de Minería, el dinero iba a un fondo de emergencia creado por el Ministerio de Finanzas.

Les movía, dice Véliz, “la importancia de promover desarrollo en los municipios hospederos de los proyectos”. “Cada socio aportaba directamente a las municipalidades”, dice la representante gremial, “y en muchos casos se notificaba al MEM para efectos de transparencia”.

El experimento duró solo cuatro años. Esos aportes “dejaron de existir por el vencimiento de acuerdos secundarios que los sustentaban”, dice de forma críptica Maricela Vidal, directora general de Minería en funciones.

En 2024 la gremial anunció un nuevo Compromiso Minero, que propone más fiscalización del sector. La directora ejecutiva afirma que se debe “discutir el regreso de los porcentajes extra”.

Guadalupe García Prado, directora del Observatorio de Industrias Extractivas (OIE), un equipo multidisciplinario no gubernamental que monitorea el impacto de la minería en Guatemala, critica el porcentaje actual y destaca que, además, la Ley no fija un destino específico para los fondos. La mayoría de municipios, dice, no los reinvierten en las comunidades afectadas y “usan el dinero como parte de su fondo común anual”.

Gualán es ejemplo de ello. A diferencia de otras comunas lleva un registro detallado del uso que hace de sus ingresos por minerías. Los documentos oficiales muestran que entre 2016 y 2025 la municipalidad destinó un total de  Q5,991,373.79, más del 80% de sus gastos de regalías, a la amortización o pago de intereses por préstamos.

El resto lo dedicó a gastos tan diversos como la compra de maquinaria para construcción (Q312,936.53 en 2023), útiles de oficina (Q3,498 en 2017) o la compra de prendas de vestir (Q15,000 en 2017 y Q551 en 2018 y 2019).

Autoridades Ancestrales del Valle de Palajunoj exigen reconocimiento oficial

El mordisco en la montaña

Cuando Amílcar Rivas llegó en 2018 a la gerencia municipal de Quetzaltenango, al que pertenece el barrio Tierra Colorada Baja, encontró mesas de diálogo entre alcaldía, mineras y comunidades.

Solo alcanzaron compromisos mínimos, como mejorar las carreteras usadas por las minas, pero varias empresas se retiraron alegando costos poco favorables. Piedra Azul, propiedad de Cementos Progreso, se quedó.

Juan Esteban Calderón es fotógrafo. Ha dedicado parte de su carrera a rescatar la memoria histórica del Valle de Palajunoj. Experto en observar, pasea por las calles polvorientas con los binoculares de su abuelo colgados del cuello.

“Mi madre se mudó ahí en 2013 y recuerdo haber tomado fotos de las montañas”, dice. “Hoy es como si a la montaña le hubieran dado una mordida gigante”.

A simple vista, reinando sobre la aldea, se aprecian los cortes simétricos que bordean la dentellada: líneas rectas de color verde que distinguen la vegetación que sobrevive del vacío beige de la tierra extraída por Piedra Azul.

Juan Esteban Calderón es fotógrafo y ha registrado a lo largo de una década el impacto de la minería en el Valle de Palajunoj, Quetzaltenango, donde su madre vive desde 2013. “Es como si a la montaña le hubieran dado una mordida gigante”, dice.

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