Inicio500 AÑOS(Pueblo originado II) Memoria, corazón y promesa de vida

(Pueblo originado II) Memoria, corazón y promesa de vida

En su plenitud estaba la abuela luna en el equinoccio de primavera de 1,524. En esos días, muchas de nuestras abuelas en ese momento jóvenes de duelo y todavía cansadas de llanto por aquellos que poco más de un mes antes, con dignidad, habían sido acogidos en la obscuridad de la madre de todos, entregados al designio de resistencia que tuvo rostro de muerte.

Roney Alvarado – Gamarro /laprensadeoccidente.com.gt

Ya en sus vientres, en la mórula diminuta como el grano sagrado, palpitaban dos  vidas que se harían una. Dos vertientes bordando colonias de células que se harían órganos, que formarían un cuerpo y chispas luminosas de memoria, que encenderían el fuego de subjetividades depositarias de mundos implicados y manifiestos. Mientras, afuera, los tejidos sociales milenarios eran violentados por la soberbia del invasor, cegado por la codicia. Si, el mismo que había ocupado nuestros valles también ocupaba los vientres, plantando su vida para negar la nuestra. Los granos sagrados, también palpitando vida, eran plantados en la tierra húmeda de sangre. Así germinó el maíz aquel año. Luego, y como todos los años, llegaría el aguacero del sembrador, lavando con  su humedad la humedad de la violencia y de la muerte.

“Hablábamos K’iché, comíamos k’iché, vestíamos como k’ichés, sentíamos k’iché; los invasores nos excluían como a los k’ichés, resistíamos como  k’ichés porque  ¡ERAMOS K’ICHÉS! “

En esos días oscurecidos por el sufrimiento, paradójicamente el  padre sol estaba justo en el centro del cielo. Se armonizaban la oscuridad y la luz como se armonizaban dos vidas en nuestras jóvenes abuelas a pesar del sufrimiento.

Así fue nuestro origen. Primero el dolor, la sangre  y el miedo, y luego la lluvia y la ternura que nos trajeron a la existencia.

Ajeno a esta promesa de vida, el invasor siguió su ruta y nuestras madres siguieron siguieron sus días. Y se abultó la tierra cuando brotaron las milpas esperando el invierno cargado de energía, y empezó a abultarse el vientre de nuestras madres; y tiempo después cuando las milpas se calzaban para soportar los vendavales, oímos sus arrullos para que soportáramos nacer al mundo que nos esperaba. Un mundo en el que seríamos nadie para el padre brutal, pero hijos, hermanos, nietos para nuestra ascendencia originaria.

Llegado el plenilunio de noviembre de aquel año obscuro, NACIMOS. Las voces colmenares  de las parteras, las tías, las abuelas y el llanto feliz de nuestras madres nos dieron la bienvenida. Luego los rostros recios de nuestros tíos, hermanos y abuelos se endulzaron al vernos.

Y con nuestros vagidos PROCLAMAMOS NUESTRA EXISTENCIA, a nuestras familias y a nuestros  volcanes sagrados, el Lajuj N’oj, el Ixkanul y el Wukub Tzik’in. Nacimos oyendo el  Kiché templario de nuestra cultura. Los Ajk’ijab que hablan con el tiempo y las estrellas, calcularon, averiguaron nuestro nawal de concepción, nuestro nawal de nacimiento y nuestro nawal de porvenir. Este último anunciaba que algún día los invasores torcerían nuestro rumbo. Un año después, todavía dependientes de los senos maternos balbuceábamos nuestro idioma materno, dependíamos también de sus manos para dar nuestros primeros pasos. Luego caminamos solos en los senderos que por siglos habían caminado nuestros ancestros, entre la milpa, en los llanos inmensos que habían recibido los cuerpos de nuestros guerreros muertos y con nuestras madres, abuelos y abuelas hicimos ceremonias invocando su recuerdo, perpetuando su existencia en nosotros.

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Y aprendimos de nuestros abuelos la dignidad de ignorar las campanadas de los templos ajenos a nuestra mística y a nuestra concepción del universo. Bajo amenaza metálica y filo de espadas, con la oscuridad de la muerte en la boca de los arcabuces, los invasores de bajo rango nos obligaban a congregarnos en sus templos que nada tenían que ver con los nuestros. Cualquiera de aquellos  soldados vestidos  de hierro podría haber sido nuestro padre, a ellos no les importaba y a nosotros menos, solo nos dolía verlos. Las campanadas no nos convocaban, nos obligaban. Eran los tambores, caracolas, las flautas de cañaveral, los pitos de barro los que conmovían nuestro espíritu y nutrían nuestra mística  igual que a nuestras madres, nuestros tíos , abuelos y abuelas.

Hablábamos K’iché, comíamos k’iché, vestíamos como k’ichés, sentíamos k’iché; los invasores nos excluían como a los k’ichés, resistíamos como k’ichés porque ¡ERAMOS K’ICHÉS!

Así fue nuestro origen, así fuimos creados, así fuimos construidos, así nos moldearon nuestras madres, abuelas y abuelos, es decir, todo nuestro mundo subjetivo era originario K’iché.

Faltaban décadas para el artificio que nos convirtió en grupo social diferenciado, PUEBLO  ORIGINADO en cuyo rumbo le fue impuesto el olvido y a la vez fue recurso de su memoria contra el dolor del secuestro colonial hasta nuestros días.

Así fue nuestro origen, así fuimos creados, así fuimos construidos, así nos moldearon nuestras madres, abuelas y abuelos, es decir, todo nuestro mundo subjetivo era originario K’iché.

En el inmenso caudal de nuestra historia originaria, un violento afluente perturbó nuestra ruta. Este evento, produjo a dos grupos diferenciados de mestizos: el hijo de la negociación del poder entre las élites nativas y los invasores,  y el producto de la violación, hijo de la ternura de nuestras madres originarias. El primer grupo; pequeño, mínimo y cercano al  poder invasor  y el segundo, numeroso, acogido por nuestra cultura originaria.

En consecuencia podemos proclamar que HAY UN PUEBLO ORIGINARIO, UNO ORIGINADO Y EL INVASOR. El segundo, cuarenta años después de la invasión, diferenciado por artificio racista colonial cuando fuimos secuestrados de nuestros pueblos de indios.

Por los procesos expuestos fundamentados en la subjetividad y en nuestra ontología proponemos la categoría PUEBLO ORIGINADO como categoría  abarcadora y pertinente para designar al actual mestizo que ha construido su  historia y conservado inconsciente su vertiente originaria Maya-K’iché -su histora en tránsito-. Probablemente esta última cualidad sea fundamental para dignificar la  identificación étnica cultural de todos los originados de la misma forma en todas las naciones originarias.

Si antes habíamos tenido nuestros pleitos y nuestros desacuerdos, esta vez compartimos el sufrimiento.   Estos recuerdos, estos orígenes dolorosos y la respuesta de la ternura  que vivimos en She Lajuj Nòj y Palajuj Nòj son los mismos para todos los originados que nacimos en todos los valles, todos los montes, lugares, comarcas delineados por concepciones de espacio-tiempo, ajenas a las nuestras y nos hicieron lo que hoy asumimos como Guatemala.

Para resignificar nuestro Ser, habremos de iniciar el retorno a la memoria, a la dignidad de nuestra cultura originaria, en las profundas sustancias del recuerdo.  ASÍ FUIMOS ORIGINADOS, eso hemos sido, así nos torcieron la memoria. Todo anunciado en la voz de los Aj kìjab lectores de las estrellas y las almas. En esa voz también anunciaron nuestro regreso. Estamos muy cerca para recordar qué fuimos, qué hemos sido y qué queremos ser.

Ciudad Xelajú, 22 de abril de 2024

¿QUINIENTOS AÑOS DE QUÉ? : El pueblo originado

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