InicioOpinión"Mientras debatimos, el algoritmo ya decidió"

«Mientras debatimos, el algoritmo ya decidió»

Hace unos días estaba en una reunión con compañeras de organizaciones de mujeres. Alguien puso sobre la mesa una preocupación que escucho cada vez más seguido: ¿cómo hacemos para que las jóvenes se sumen? ¿Cómo llegamos a ellas? Hubo silencio. Luego, varias respuestas que ya conozco: “hacer un TikTok, subir más a Instagram, hablar en su idioma». Y lo que pensé no fue cómodo.

Claudia Lepe/ Columnista

Las jóvenes no se perdieron. Están informadas. Consumen más contenido político que cualquier generación anterior. Pero lo hacen en otro lado: en videos cortos, en canales de YouTube que mezclan análisis con humor, en audios de creadores independientes que hablan sin corbata y sin teleprompter.

No leen el periódico porque el periódico nunca les habló a ellas. Desconfían de las instituciones porque las instituciones, con honestidad, les han dado pocas razones para confiar.

Y entonces llegamos nosotras, con nuestros boletines de dos páginas y nuestras convocatorias formales, a preguntarnos ¿Por qué no participan?.

Lo que nadie dice en esa conversación es lo más importante: detrás de cada pantalla que ellas tienen en la mano hay un algoritmo. Y ese algoritmo no fue diseñado para informar. Fue diseñado para que no suelten el teléfono.

No es una conspiración, es un modelo de negocio. Y su combustible favorito no es la verdad matizada ni el análisis riguroso. Es la indignación. El miedo. El tribalismo. Lo que provoca reacción visceral se comparte. Lo que invita a pensar despacio, se ignora.

Eso lo entendieron primero los movimientos más reaccionarios. Aprendieron el idioma del meme, de la ironía, de la provocación calculada. Construyeron comunidades digitales con identidad compartida, con un relato de agravio y, lo más poderoso de todo, con la emoción de sentirse parte de algo.

Las jóvenes que entran ahí no siempre creen en todas las ideas del movimiento. Entran porque encuentran pertenencia. Y eso, para alguien de diecisiete años en un municipio sin oportunidades, vale mucho.

Lo que me preocupa de Guatemala no es que las jóvenes estén en redes. En esas redes, con frecuencia, los discursos que más circulan son los que más nos dañan. Los que normalizan la violencia contra las mujeres envuelta en humor.

Los que presentan el feminismo como amenaza. Los que convierten una disputa sobre derechos en una guerra cultural de proporciones apocalípticas. Y esos discursos no siempre nacen aquí. A veces vienen de fuera, muy bien empaquetados, diseñados para amplificar lo que ya duele.

Mientras tanto, el contenido que construimos las organizaciones de mujeres muchas veces llega tarde, en formato equivocado, con lenguaje que suena institucional, aunque no queramos que suene así.

Pero aquí quiero ser justa: no todo está perdido. Ni de lejos.

Las mismas redes que amplifican el odio han dado voz a activistas, a colectivas feministas, a jóvenes indígenas que antes no tenían ningún canal para decir lo que piensan.

El feminismo, el activismo climático, la defensa de los derechos han construido comunidades digitales que sí mueven agenda. No podemos quedarnos solo con el miedo al algoritmo y olvidar que ese mismo espacio también es nuestro, si aprendemos a habitarlo.

Y hay algo más que me da esperanza: las jóvenes de hoy no serán siempre jóvenes. La vida pasa. Madura. Y cuando madure, van a querer contenido más elaborado. Las organizaciones que hoy construyen presencia digital con coherencia, con honestidad, con historias reales, estarán ahí cuando ellas lleguen.

Entonces la pregunta no es «¿cómo llegamos a las jóvenes?». La pregunta es si estamos dispuestas a construir algo que valga la pena encontrar.

No basta con tener cuenta en TikTok. Hay que tener algo que decir. Algo verdadero. Algo que no le tema a la complejidad, aunque tenga que contarla en treinta segundos. Algo que le ofrezca a una chica de dieciséis años en Quetzaltenango lo que el algoritmo nunca le va a dar: la sensación de que alguien la ve, la entiende y la respeta.

Eso no lo hace ningún algoritmo. Eso lo hacemos nosotras. O no lo hace nadie.

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Claudia Lepe/ Columnista

Las jóvenes no se perdieron. Están informadas. Consumen más contenido político que cualquier generación anterior. Pero lo hacen en otro lado: en videos cortos, en canales de YouTube que mezclan análisis con humor, en audios de creadores independientes que hablan sin corbata y sin teleprompter.

No leen el periódico porque el periódico nunca les habló a ellas. Desconfían de las instituciones porque las instituciones, con honestidad, les han dado pocas razones para confiar.

Y entonces llegamos nosotras, con nuestros boletines de dos páginas y nuestras convocatorias formales, a preguntarnos ¿Por qué no participan?.

Lo que nadie dice en esa conversación es lo más importante: detrás de cada pantalla que ellas tienen en la mano hay un algoritmo. Y ese algoritmo no fue diseñado para informar. Fue diseñado para que no suelten el teléfono.

No es una conspiración, es un modelo de negocio. Y su combustible favorito no es la verdad matizada ni el análisis riguroso. Es la indignación. El miedo. El tribalismo. Lo que provoca reacción visceral se comparte. Lo que invita a pensar despacio, se ignora.

Eso lo entendieron primero los movimientos más reaccionarios. Aprendieron el idioma del meme, de la ironía, de la provocación calculada. Construyeron comunidades digitales con identidad compartida, con un relato de agravio y, lo más poderoso de todo, con la emoción de sentirse parte de algo.

Las jóvenes que entran ahí no siempre creen en todas las ideas del movimiento. Entran porque encuentran pertenencia. Y eso, para alguien de diecisiete años en un municipio sin oportunidades, vale mucho.

Lo que me preocupa de Guatemala no es que las jóvenes estén en redes. En esas redes, con frecuencia, los discursos que más circulan son los que más nos dañan. Los que normalizan la violencia contra las mujeres envuelta en humor.

Los que presentan el feminismo como amenaza. Los que convierten una disputa sobre derechos en una guerra cultural de proporciones apocalípticas. Y esos discursos no siempre nacen aquí. A veces vienen de fuera, muy bien empaquetados, diseñados para amplificar lo que ya duele.

Mientras tanto, el contenido que construimos las organizaciones de mujeres muchas veces llega tarde, en formato equivocado, con lenguaje que suena institucional, aunque no queramos que suene así.

Pero aquí quiero ser justa: no todo está perdido. Ni de lejos.

Las mismas redes que amplifican el odio han dado voz a activistas, a colectivas feministas, a jóvenes indígenas que antes no tenían ningún canal para decir lo que piensan.

El feminismo, el activismo climático, la defensa de los derechos han construido comunidades digitales que sí mueven agenda. No podemos quedarnos solo con el miedo al algoritmo y olvidar que ese mismo espacio también es nuestro, si aprendemos a habitarlo.

Y hay algo más que me da esperanza: las jóvenes de hoy no serán siempre jóvenes. La vida pasa. Madura. Y cuando madure, van a querer contenido más elaborado. Las organizaciones que hoy construyen presencia digital con coherencia, con honestidad, con historias reales, estarán ahí cuando ellas lleguen.

Entonces la pregunta no es «¿cómo llegamos a las jóvenes?». La pregunta es si estamos dispuestas a construir algo que valga la pena encontrar.

No basta con tener cuenta en TikTok. Hay que tener algo que decir. Algo verdadero. Algo que no le tema a la complejidad, aunque tenga que contarla en treinta segundos. Algo que le ofrezca a una chica de dieciséis años en Quetzaltenango lo que el algoritmo nunca le va a dar: la sensación de que alguien la ve, la entiende y la respeta.

Eso no lo hace ningún algoritmo. Eso lo hacemos nosotras. O no lo hace nadie.

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