Entre tipos de plomo, tinta y máquinas que comenzaron a funcionar hace más de 130 años, la Imprenta Franco mantiene viva una forma de trabajo que se resiste a desaparecer. Francisco Franco lleva 48 años al frente del negocio familiar.

José Racancoj | La Prensa de Occidente
En el corazón de Quetzaltenango, una imprenta desafía el paso del tiempo. Mientras la tecnología transformó las artes gráficas, en la Imprenta Franco todavía funcionan máquinas antiguas que mantienen viva la impresión tradicional.
El taller se encuentra en la 5.ª calle de la zona 1, a poco más de tres cuadras del Parque Central. Allí, entre tipos, tinta, papel y máquinas de hierro, Francisco Franco continúa realizando trabajos como tarjetas, volantes, folders y otros productos de impresión.
Don Francisco lleva 48 años dedicado a este oficio. En 1975 comenzó a trabajar junto a su padre, Juan Francisco Franco de León, propietario original de la imprenta.
“Me casé y tenía que trabajar. Entonces mi papá me hizo la propuesta de quedarme trabajando con él y acepté. Desde antes la imprenta ya se llamaba Franco”, recuerda.
Cuando Francisco se incorporó al negocio, la imprenta ya tenía alrededor de 15 años de funcionar. Por eso, el establecimiento supera las seis décadas de historia.
De 15 imprentas a más de 200
El mayor auge del negocio ocurrió hace aproximadamente tres décadas. En ese entonces, Quetzaltenango contaba con pocas imprentas.
“Cuando me anexé a mi papá solo había unas 15 imprentas. Ahora son más de 200”, cuenta.
Con el paso de los años, la competencia aumentó y el trabajo se distribuyó entre más talleres. Sin embargo, la Imprenta Franco continúa funcionando.
“El trabajo que había antes se ha diluido con más talleres. A pesar de eso, siempre hay trabajo. No es exagerado, pero hay y eso me mantiene vivo”, afirma.

Para Francisco, uno de los mayores reconocimientos de su oficio llega cuando un cliente queda satisfecho con el resultado.
Además, considera que trabajar en una imprenta exige conocimientos básicos de lectura y escritura, especialmente porque un error ortográfico puede arruinar un trabajo.
“Es uno de los pocos trabajos artesanales que no le aceptan ser analfabeta. Debe saber, mínimo, leer y escribir bien, porque si no le devuelven los trabajos si tienen faltas de ortografía”, explica.
Gracias a este oficio, también logró sacar adelante a su familia. Tuvo cuatro hijos; tres están vivos y uno falleció.
Máquinas que atraviesan tres siglos
Uno de los mayores tesoros de la Imprenta Franco son sus máquinas.
En el taller funcionan equipos que pertenecen a los siglos XIX, XX y XXI. Entre ellos destacan dos máquinas Chandler fabricadas en Estados Unidos. Una data de 1890, mientras que la otra es aproximadamente cinco años más antigua.
“Son máquinas de alta resistencia. No necesitan más que aceite para que se mantengan suaves. Son de Estados Unidos”, explica Francisco.
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A pesar de su antigüedad, estos equipos todavía forman parte del trabajo diario.
La imprenta utiliza actualmente dos sistemas de impresión. El primero conserva la técnica tradicional con tipos manuales, en la que cada letra se coloca individualmente. Después, los tipos se ordenan y compactan antes de llevarlos a la máquina.
El segundo sistema utiliza una máquina más moderna y computarizada, que trabaja con placas de aluminio o plástico.
“Se usa más el plástico porque es más barato. La placa de aluminio es más cara. La diferencia es que el aluminio aguanta 60 mil, 30 mil o 25 mil impresiones; la plástica solo aguanta 5 mil o 6 mil hojas”, explica.
Asimismo, existe una diferencia entre ambos sistemas. En las máquinas antiguas, la impresión se realiza de forma plana. En las modernas, el proceso es cilíndrico porque la placa pasa entre rodillos.

Una industria que cambió por completo
Francisco ha sido testigo de una transformación acelerada en las artes gráficas.
Según explica, la tecnología ha avanzado a pasos agigantados. Actualmente existen máquinas capaces de imprimir hasta 100 mil ejemplares por hora, una velocidad muy distante de los procesos tradicionales que todavía conserva en su taller.
Sin embargo, para él, las antiguas máquinas tienen un valor que va más allá de su capacidad de producción.
Son parte de la historia de un oficio que durante décadas acompañó la vida comercial, cultural y social de Quetzaltenango.
“Conmigo se termina la imprenta”

A sus 774 años Francisco sabe que la historia de la Imprenta Franco podría terminar con él.
Ninguno de sus hijos continuará con el negocio. Todos siguieron carreras profesionales y tomaron otros caminos.
“Pienso que es lo último. Conmigo se termina la imprenta. No creo que ninguno de mis hijos siga”, afirma.
Por esa razón, también piensa en el futuro de las máquinas que durante décadas han sido parte de su vida.
Considera que podrían terminar en una fundición o formar parte de un museo donde las nuevas generaciones conozcan cómo funcionaban las antiguas imprentas.
“Uso para la posteridad no tiene, aunque hay personas que les han buscado nuevas funciones a estas máquinas, como estampar, perforar o troquelar, para que sigan trabajando. Hay que tomar en cuenta que son máquinas eternas, porque son de hierro”, señala.
Una tradición que todavía imprime
La tecnología cambió la forma de imprimir, pero en la Imprenta Franco todavía sobreviven los sonidos, los procesos y las herramientas de otra época.
Por ahora, Francisco continúa frente a sus máquinas. Cada jornada representa una nueva oportunidad para mantener vivo un oficio que aprendió de su padre y que ha ejercido durante casi cinco décadas.
La Imprenta Franco mantiene sus puertas abiertas de lunes a viernes, de 8:30 a 12:30 horas y de 14:30 a 17:00 horas.
La entrevista fue publicada en 2023.
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