A los cuatro años de la pandemia Covid 19, todavía recuerdo con profunda melancolía aquella Navidad. Aún cierro los ojos y puedo ver a mi papá, Chepito, comprando en el mercado La Democracia cohetes, volcancitos y estrellitas para mis hijos; colocando la chimenea para calentar la noche fría. Encendiendo y sintonizando la radio “La Fraternidad”, para que nos anunciara la medianoche, darle un gran abrazo que no quería que terminara nunca.

Claudia Lepe
Era él quien daba vida a esas fechas. Hoy, cuando llega esta temporada, debo confesar: papá Chepito ya no está.
El duelo no entiende de calendarios; viene sin avisar, y se queda. Aunque pasen los años, hay momentos en que la marimba trae su recuerdo, y las lágrimas quieren fluir sin permiso. Pero he aprendido que la pérdida no significa olvidar, sino aprender a vivir de otra manera.
Hay un mito cruel: estar triste es estar débil. Yo lo sé, porque lo he vivido. Y digo claramente: está permitido llorar; está permitido sentir que falta alguien. Mi familia no es la única incompleta. Sé que muchas mesas se ven diferentes este año, que hay sillas vacías y que hay abrazos que nos hacen falta.
“Mi padre tenía una característica que lo definía: nunca rechazaba a quien le pedía ayuda”.
A quienes portan ese dolor, quiero decirles algo que aprendí a fuego: el duelo es el costo del amor, y no hay precio demasiado alto para honrar a quien nos amó.
Mi padre tenía una característica que lo definía: nunca rechazaba a quien le pedía ayuda. Tenía una sonrisa lista, las manos siempre abiertas, una palabra de aliento en los momentos difíciles. Aunque no le llego ni a los tobillos en esa generosidad, su recuerdo me compromete cada día a intentarlo.
Aquí es donde la historia cambia, porque mientras lloro a mis muertos, descubro algo extraordinario: que puedo honrarlos siendo mejor. Que puedo llevar su luz en mis acciones. Cuando ayudo a alguien elijo amar, sonreír, ayudar; ahí está papá Chepito en esta Navidad.
No es olvidar. Es seguir adelante llevándolo dentro
A quienes tienen una silla vacía en la mesa, a quienes sienten que algo falta, nuestra buena vida es el mejor regalo para honrar a los que se fueron, es llevarlos hacia el futuro y no dejarlos en el pasado. Una vida con propósito, con la generosidad que ellos nos enseñaron.




