La masones en Quetzaltenango, han estado presentes durante más de un siglo, en reserva, simbolismo y una fuerte carga histórica. (1ra, parte)

Mirna Alvarado – Fotos David Pinto | laprensadeoccidente.com.gt
La masonería es una fraternidad filosófica y filantrópica que promueve valores de libertad, igualdad, fraternidad, justicia y perfeccionamiento ético y social.
Su influencia histórica se ha expresado en el liderazgo social y político de varios países. En Guatemala, la masonería inició su expansión formal en el siglo XIX, vinculada a los procesos de liberalismo político y modernización institucional.
En Quetzaltenango, la masonería emergió como fuerza de pensamiento e idea, a través de logias, como “Fénix No. 2”, contribuyendo tanto a la vida social local como a redes intelectuales más amplias fuera de la capital.

Para algunos, se trata de una fraternidad filosófica dedicada al perfeccionamiento moral y la filantropía; para otros, un espacio de poder discreto que ha influido en decisiones políticas, culturales y sociales del país. Pero, ¿qué se sabe realmente de la Logia Masónica en la Ciudad Altense?
La masonería llegó a Guatemala a finales del siglo XIX, en un contexto marcado por la Reforma Liberal y la ruptura con el orden conservador y clerical que había dominado el país.
Inspirada en ideales ilustrados, como la libertad de pensamiento, el laicismo y el progreso científico, la masonería se convirtió en un espacio atractivo para militares, políticos, intelectuales y profesionales.

“La masonería viene de influencia europea. Quetzaltenango, un importante centro económico y cultural del occidente, vio nacer en 1888 a la Logia Fénix No. 5, ahora considerada una de las más antiguas del país y un referente para la expansión masónica en la región occidental”, explicó Víctor Danilo Arango Cantoral, un reconocido abogado de la Ciudad Altense, recientemente nombrado “Respetable Gran Maestro de la Logia de Guatemala”.
Desde sus inicios, la masonería en Quetzaltenango estuvo estrechamente vinculada a los círculos de poder local, a la educación laica y al impulso de ideas modernizadoras que contrastaban con la fuerte influencia de la Iglesia católica en la vida pública.

La Logia Fénix No. 5 no solo fue una logia más, pues funcionó como un eje articulador de la masonería en el altiplano. Desde Quetzaltenango se promovió la creación y acompañamiento de otros talleres masónicos en municipios vecinos y departamentos cercanos.
Raúl Izás, historiador e integrante de la Logia Luz Altense número 46, expresó que durante las primeras décadas del siglo XX la logia fue un espacio de encuentro para miembros de la élite local: abogados, comerciantes, médicos, educadores y funcionarios públicos, “muchos de ellos con influencia directa en la administración municipal y departamental”.

Entre esos personajes están Gabriel Pinillos, quien fungió como alcalde; Cirilo Flores, Carlos A. Velásquez, Manuel Ortega, Enecon López y Víctor Salvador de León Toledo.
La historia de la masonería en Quetzaltenango no ha sido lineal.
Como ocurrió en otras regiones de Guatemala y Centroamérica, las logias atravesaron períodos de suspensión o baja actividad, particularmente durante etapas de fuerte represión política o reconfiguración del poder estatal.
Durante períodos gubernamentales del siglo XX, varias logias redujeron su actividad pública y se replegaron al trabajo interno.

Sin embargo, nunca desaparecieron del todo. Con el paso del tiempo, y especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, se registraron procesos de reactivación y reorganización, bajo la jurisdicción de la Gran Logia de Guatemala.
Este vaivén histórico ha contribuido al carácter reservado de la masonería local y ha alimentado tanto mitos como desconfianzas. “No es una organización secreta, pero sí discreta”, resaltó Arango.
“En occidente tenemos cuatro centros de convivencia y hermandad: la Logia Fénix No. 5, Silencio, Luz Altense No. 46 e Igualdad No. 5”, manifestó Arango. (1ra, parte)
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