En unas tres horas se pierde la cuenta de las peleas: golpes secos, algo de sangre y una intensidad que queda grabada en la memoria. En Chivarreto, un torneo abierto de boxeo a puño limpio se celebra cada Viernes Santo, con cerca de 60 enfrentamientos continuos.

Carlos Fredy Ochoa García*/ para laprensadeoccidente.com.gt
En Chivarreto (San Francisco El Alto, Totonicapán, Guatemala) hasta el nombre del lugar parece llevar dentro el sentido del evento: el reto de subirse a pelear a puño limpio contra cualquiera. El cuadrilátero se abre a las dos de la tarde y, desde ese momento hasta las cinco, todo entra en ritmo. El narrador y el referí se vuelven figuras clave; ambos actúan en sintonía, siguiendo cada movimiento y dándole sentido a lo que ocurre sobre el ring.
Malaquías Hernández ha sido el referí central durante 28 años, en tanto Albert Hernández se ha desempeñado como narrador por 14 años. Los dos son oriundos de Chivarreto.
Ni el narrador, ni el referí, ni los peleadores lo hacen por dinero; no hay trofeos, medallas ni apuestas. Es más, se pelea desde el anonimato. Como explica Albert, el narrador, el reto también es educar sobre la violencia: no se debe pelaer por dinero, no por fama, ni por odio, y hacerlo mediante reglas.

Chivarreto es una aldea vibrante, con 32 parajes y con unos 18 mil habitantes k’iche’. La tradición comenzó aquí como una práctica ritual entre pugilistas que llegaban de los parajes y, con el tiempo, se convirtió en un atractivo de interés turístico nacional. Hace unos cincuenta años se volvió masiva y hoy reúne a cerca de cinco mil espectadores.
Es un evento forma, se canta el himno nacional y hay discursos oficiales que abren el evento. Todo lo recaudado el Viernes Santo va al Comité de Caminos, que administra las finanzas del evento.

Los ingresos provienen del parqueo, el cobro por piso de plaza y la publicidad. No se paga para presenciarlo. Según Alfred Hernández, quien fue presidente del comité hace cinco años, con lo recaudado en su gestión se lograron pavimentar 200 metros de camino vecinal.

La alcaldía comunitaria dirige el evento, mientras un comité organiza los detalles cada año. El Comité Central de Caminos se encarga de la recaudación, y un Comité de Fiscalización vigila todo el proceso. La alcaldía comunal evalua cada año el evento: el cuadrilátero, los dirigentes, incluso al narrador y al arbitro esperan que la asamblea de comunidad los confirme en su puesto anualmente.
Se dice que la mitad de los peleadores son locales, el resto viene de la región, con algunos cuantos extranjeros, atraidos porque la participación es libre y pública.

Según el arbitro, se combate conforme a normas claras: básicamente, las del boxeo internacional. Es un boxeo “normal”. Pero aquí se entiende como un juego serio. El alcohol esta prohibido, y no se permite venderlo en el área del evento.
El cuadrilátero tiene toda la apariencia profesional. El actual se construyó en 2016, con las dimensiones del gimnasio de Quetzaltenango, del que se hizo una réplica, aunque se hizo un poco más grande para ponerlo a tono con el lugar.

¿Y las mujeres? Empezaron a participar hace unos cuatro años. En 2025 solo hubo una pelea femenina, aunque el año anterior participaron cinco.
En cuanto a incidentes, el narrador recuerda que, antes de tener ring, las peleas se hacían en el campo de fútbol. El caso más delicado que se puede recordar fue el de un pugilista que recibió un golpe en el estomago y quedó sin reaccionar tras cinco minutos de suspenso. Después de él nunca hubo un herido grave.

Este tipo de encuentros para pelear eran comunes todavía a inicios del siglo XIX en varias comunidades de la región, pero hoy solo se conserva en Chivarreto. Subirse al ring en Viernes Santo no es cualquier cosa, es un reto grande.
Esta práctica se conecta con tradiciones más antiguas, donde la ofrenda de sangre tenía un significado profundo en los pueblos mayas. En estos días se expresa de distintas maneras, desde cargar una pesada cruz hasta azotarse.

Esto no se ve como un espectáculo, sino como una ofrenda: como dice en Chivarreto un abuelo, “dar sangre no es un juego, es para acompañar el dolor de Jesús”.
*Carlos Fredy Ochoa García, internacionalista, historiador y antropólogo. Con una maestría en estudios latinoamericanos y doctorado en la Universidad de Connecticut, EE. UU.
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