La muerte de Carlos Enrique Yarzebski Guerra, dejó un vacío en Quetzaltenango. Su partida no solo cerró un capítulo importante en la historia reciente de la Iglesia católica en el occidente del país, sino que también abrió un caudal de memorias compartidas.

José Cancinos/laprensadeoccidente.com.gt
El padre Quique
El dramaturgo e historiador quetzalteco Raúl Izás, quien lo conoció desde la juventud y lo acompañó, como testigo cercano, en varias etapas de su vida pastoral, comparte algunas anécdotas.
“Conocí a Carlos Enrique, porque yo estudié en el Liceo de Guatemala”, recuerda Izás. Raúl cursaba sexto grado cuando Yarzebski terminaba el bachillerato», cuenta Raúl Izás.
«Eran tiempos de reuniones familiares, cumpleaños y tertulias juveniles que se realizaban en casas de parientes, donde un grupo de amigos, entre ellos Paco Fuentes, Arturo Tobar y Carlos Illescas, compartía risas y sueños», agrega.
Desde entonces, dice Izás, «Quique”, como le llamaban con afecto, destacaba por su cercanía y sencillez.
Los caminos volvieron a cruzarse en enero de 1976, cuando Carlos Enrique fue ordenado sacerdote. Su primera parroquia fue en Zunil, donde Izás colaboraba como voluntario en la organización Cáritas, junto a su cuñado, el padre Justo Umaña.

Allí lo vio ejercer un ministerio marcado por el servicio: descargando camiones, organizando ayuda para las comunidades y acompañando a un pueblo que también sufrió, como cuando ladrones sustrajeron objetos sagrados del templo.
La recuperación de esas piezas y su regreso en romería se convirtió en una verdadera fiesta comunitaria, símbolo de esperanza y fe restaurada.
Con los años, Yarzebski amplió su formación pastoral en Colombia y luego fue designado a la catedral de Los Altos en Quetzaltenango. Desde ese espacio, recuerda Izás, “solo su nombre, su humildad y su espíritu cristiano hacían que la gente se acercara a él”.
Bautizos, primeras comuniones y celebraciones marianas eran impensables sin la presencia del padre Quique, especialmente durante las festividades de la Virgen del Rosario, a las que se entregaba con especial devoción.
Movimiento Familiar Cristiano

Su paso por el templo de El Calvario y, más tarde, su traslado a La Esperanza, por motivos de salud, no rompieron el vínculo con la comunidad. Familias enteras seguían visitándolo, conscientes de que su palabra seguía siendo guía.
Parte esencial de su legado fue su trabajo en el Movimiento Familiar Cristiano, donde acompañó matrimonios en crisis y fortaleció hogares desde una espiritualidad cercana y humana.
Izás también subraya el profundo arraigo quetzalteco de la familia Yarzebski, marcada por la historia de don Teodoro Yarzebski, inmigrante europeo que llegó a la región para trabajar en la construcción del ferrocarril de Los Altos, y terminó echando raíces definitivas.
“Aunque el apellido sea extranjero, eran y son quetzaltecos de corazón”, afirma.
La magnitud del duelo quedó evidenciada en el entierro de monseñor Yarzebski, uno de los más concurridos que recuerda la ciudad. Lágrimas, abrazos y silencios compartidos dieron cuenta del cariño colectivo hacia quien dedicó su vida a servir.
Entre los momentos históricos que marcaron su ministerio está la visita de Juan Pablo II a Quetzaltenango. Como párroco de la catedral, Yarzebski fue responsable del protocolo y recibimiento.
Juan Pablo II y el padre Quique

De aquella jornada quedó una imagen icónica: el papa Juan Pablo II coronando a la Virgen del Rosario, mientras una paloma, con las alas abiertas, parecía descender, como signo del Espíritu Santo. “Hoy, con redes sociales, esa foto habría sido viral”, reflexiona Izás.
Años después, el papa reconoció la trayectoria y conducta pastoral de Carlos Enrique Yarzebski, con un nombramiento especial dentro de la Iglesia, confirmando lo que su pueblo ya sabía: que su vida fue testimonio coherente de fe, humildad y servicio.
Juan Pablo II le da el título de “Capellán de Su Santidad” es una distinción honorífica que el Papa concede a sacerdotes católicos en reconocimiento a su servicio fiel a la Iglesia.

Quienes reciben este nombramiento pasan a formar parte de la Familia Pontificia y adquieren el tratamiento de monseñor.
Hoy, Quetzaltenango despide a un pastor que caminó con su gente, que escuchó más de lo que habló y que dejó, en palabras de quienes lo conocieron, una huella silenciosa pero imborrable.




