En la entrada de Quetzaltenango hay un león que nadie escucha. Vigila desde lo alto del Monumento a la Revolución, pero lo que mira no es gloria: son grafitis, basura y el paso indiferente de los autos.

Alejandro Tuc / laprensadeoccidente.com.gt
El arco se construyó para honrar la gesta de 1897, cuando un grupo de quetzaltecos se levantó contra el autoritarismo de Reina Barrios. La insurrección fracasó, los líderes fueron ejecutados y, aun así, se decidió levantar un símbolo de dignidad. Hoy ese símbolo se oxida en silencio.
El contraste es doloroso: una ciudad que presume ser cuna de la cultura, pero permite que su memoria más visible viva entre maleza y mantas de ocasión. Los monumentos no se sostienen solo con cemento; necesitan cuidado, interpretación, continuidad. Sin eso, se convierten en escenografía hueca.
En 2019 no fueron las autoridades, sino vecinos con brochas quienes devolvieron algo de dignidad al arco. Ese gesto sencillo dice mucho: la memoria puede sobrevivir gracias a la voluntad ciudadana, aunque las instituciones la ignoren.
Quizá lo que incomoda es que este monumento no celebra una victoria, sino un sacrificio. Y nos cuesta aceptar que la dignidad también habita en las derrotas.

El león de bronce sigue allí, paciente. No exige nada, solo observa. La pregunta es nuestra: ¿seguiremos practicando la cultura del olvido o tendremos el valor de escuchar, por fin, su rugido?
Alejandro Tuc – Ganador en Ensayo de los Juegos Florales 2025.
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