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Quetzaltenango despide con dolor a dos víctimas de la tragedia vial que dejó 15 muertos

La tarde del domingo 28 de diciembre, el Cementerio General Municipal de Quetzaltenango se transformó en un espacio donde el silencio pesaba. No se trató de un sepelio, sino de dos despedidas en una sola tragedia que dejó una herida profunda en la comunidad.

José Cancinos/ laprensadeoccidente.com.gt

Dos féretros, dos historias y dos vidas que se apagaron en cuestión de segundos tras el accidente de una camioneta de Transportes Sinaloa, ocurrido la noche del 26 de diciembre en los kilómetros 172 y 174, en jurisdicción de Totonicapán. Ese tramo, conocido por la densa neblina que reduce la visibilidad, volvió a convertirse en escenario de dolor.

El accidente cobró la vida de 15 personas y dejó a 22 más heridas. Sin embargo, detrás de cada cifra hay familias rotas, hijos que quedaron sin padres, proyectos truncados y una exigencia que se repite: justicia.

Dos vidas que ya no regresaron a casa

Esa tarde, familiares y amigos sepultaron a Lidia Marina Alonzo Cotom, de 43 años, y a Favio Antonio Mejía Pineda, de 51 años, conocido cariñosamente como don “Pitas”.

Lidia Marina trabajaba como comerciante de refacciones en la zona 3 de Quetzaltenango y era originaria de Xecaracoj, Valle de Palajunoj. Don Pitas se dedicaba a la tapicería y residía en Choquí Bajo, zona 6. Ambos compartían una misma historia: personas trabajadoras, padres de familia y ciudadanos que añoraban regresar a casa esa tarde.

El dolor se manifestó sin reservas. Los llantos rompieron el silencio, los abrazos no alcanzaron para aliviar la pérdida y las preguntas quedaron sin respuesta. Nadie encontraba consuelo. Solo quedaba el temor de que otra familia enfrente la misma tragedia.

“Mi cuñada murió, sus hijos siguen luchando por vivir”

Entre los asistentes estuvo José Alonzo, familiar de Lidia Marina. Con la voz quebrada, habló desde la angustia y la incertidumbre:

“Mi cuñada regresaba de la capital con sus tres hijos. Ella murió, pero ellos resultaron heridos. El mayor ya salió del hospital, pero dos siguen internados. Uno está muy delicado, en cuidados intensivos, y la otra será operada. Esto es triste, no solo para nosotros, sino para todas las familias que perdieron a alguien”.

José no solo expresó su dolor. También denunció y exigió respuestas. Aseguró que no se trata del primer accidente vinculado a la empresa y pidió que las autoridades investiguen a fondo.

“Dicen que el chofer iba a alta velocidad y que dio positivo a drogas. Queremos justicia. La empresa debe responder. No puede seguir la corrupción ni la impunidad”.

Mientras hablaba, su mirada se dirigía al féretro. Allí descansaba Lidia Marina, mientras sus hijos aún luchan por sobrevivir en un hospital, envueltos en la incertidumbre de si la justicia llegará.

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“Se fue mi héroe”: el dolor que golpeó a Choquí Bajo

En Choquí Bajo, el dolor tampoco encontró palabras suficientes. Allí sepultaron a don “Pitas”, padre y sostén de su familia. Su hijo, Fabio Mejía Gómez, habló con firmeza a pesar del llanto:

“Estoy destrozado. Se fue una parte de mi corazón. Mi papá fue mi héroe. Siempre trabajó por nosotros. Salía temprano y regresaba tarde, pero nunca faltaba. Ese día solo quería volver a casa y abrazarnos. No llegó”.

La familia quedó sin su principal apoyo económico y emocional. Hoy, sobrevive gracias a la solidaridad de vecinos, amigos y personas que no los conocían, pero que decidieron ayudar.

“Agradecemos todo el apoyo, pero también pedimos conciencia. ¿Qué vale más: llegar antes o llegar vivos? Los choferes llevan vidas, no solo pasajeros”.

Su testimonio se convirtió en una denuncia social y en un llamado urgente a las autoridades y a las empresas de transporte.

Dolor, rabia y miedo: una herida que sigue abierta

Quienes estuvieron presentes fueron testigos de escenas difíciles de asimilar. Familias rotas por la pérdida, oraciones dichas entre lágrimas y una mezcla de tristeza, rabia y miedo que recorrió el cementerio.

Se lloró por quienes ya no están. Se lloró por quienes aún luchan por vivir en hospitales. Y también se lloró por el temor de que esta historia vuelva a repetirse.

Porque esta tragedia no comenzó en Totonicapán. Forma parte de una larga lista de accidentes viales que siguen cobrando vidas. Y la pregunta, una vez más, queda en el aire: ¿hasta cuándo?

Más que una tragedia, una herida abierta en Guatemala

Las familias no solo enfrentan el duelo. Enfrentan gastos médicos, funerarios, trámites, dolor físico y emocional. Y también la burla de un sistema que parece no aprender.

No es el primer accidente relacionado con esta empresa de transportes. Hay denuncias de velocidad excesiva. Se sabe que hay vacíos de control. Las autoridades no se actúan. Durante los sepelios, varias voces se escucharon con valentía: basta de impunidad, basta de corrupción, basta de empresas que operan sin supervisión estricta, basta de choferes que olvidan que llevan vidas.

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La tarde del domingo 28 de diciembre, el Cementerio General Municipal de Quetzaltenango se transformó en un espacio donde el silencio pesaba. No se trató de un sepelio, sino de dos despedidas en una sola tragedia que dejó una herida profunda en la comunidad.

José Cancinos/ laprensadeoccidente.com.gt

Dos féretros, dos historias y dos vidas que se apagaron en cuestión de segundos tras el accidente de una camioneta de Transportes Sinaloa, ocurrido la noche del 26 de diciembre en los kilómetros 172 y 174, en jurisdicción de Totonicapán. Ese tramo, conocido por la densa neblina que reduce la visibilidad, volvió a convertirse en escenario de dolor.

El accidente cobró la vida de 15 personas y dejó a 22 más heridas. Sin embargo, detrás de cada cifra hay familias rotas, hijos que quedaron sin padres, proyectos truncados y una exigencia que se repite: justicia.

Dos vidas que ya no regresaron a casa

Esa tarde, familiares y amigos sepultaron a Lidia Marina Alonzo Cotom, de 43 años, y a Favio Antonio Mejía Pineda, de 51 años, conocido cariñosamente como don “Pitas”.

Lidia Marina trabajaba como comerciante de refacciones en la zona 3 de Quetzaltenango y era originaria de Xecaracoj, Valle de Palajunoj. Don Pitas se dedicaba a la tapicería y residía en Choquí Bajo, zona 6. Ambos compartían una misma historia: personas trabajadoras, padres de familia y ciudadanos que añoraban regresar a casa esa tarde.

El dolor se manifestó sin reservas. Los llantos rompieron el silencio, los abrazos no alcanzaron para aliviar la pérdida y las preguntas quedaron sin respuesta. Nadie encontraba consuelo. Solo quedaba el temor de que otra familia enfrente la misma tragedia.

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“Mi cuñada regresaba de la capital con sus tres hijos. Ella murió, pero ellos resultaron heridos. El mayor ya salió del hospital, pero dos siguen internados. Uno está muy delicado, en cuidados intensivos, y la otra será operada. Esto es triste, no solo para nosotros, sino para todas las familias que perdieron a alguien”.

José no solo expresó su dolor. También denunció y exigió respuestas. Aseguró que no se trata del primer accidente vinculado a la empresa y pidió que las autoridades investiguen a fondo.

“Dicen que el chofer iba a alta velocidad y que dio positivo a drogas. Queremos justicia. La empresa debe responder. No puede seguir la corrupción ni la impunidad”.

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“Estoy destrozado. Se fue una parte de mi corazón. Mi papá fue mi héroe. Siempre trabajó por nosotros. Salía temprano y regresaba tarde, pero nunca faltaba. Ese día solo quería volver a casa y abrazarnos. No llegó”.

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“Agradecemos todo el apoyo, pero también pedimos conciencia. ¿Qué vale más: llegar antes o llegar vivos? Los choferes llevan vidas, no solo pasajeros”.

Su testimonio se convirtió en una denuncia social y en un llamado urgente a las autoridades y a las empresas de transporte.

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Porque esta tragedia no comenzó en Totonicapán. Forma parte de una larga lista de accidentes viales que siguen cobrando vidas. Y la pregunta, una vez más, queda en el aire: ¿hasta cuándo?

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