El icono brasileño repasa con la FIFA los recuerdos del apoyo inspirador de los mexicanos en la Copa Mundial 1970 y explica por qué la victoria contra Italia fue su partido ‘más fácil’.

FIFA/ laprensadeoccidente.com.gt
Roberto Rivellino decidió cambiar hace unos años el bullicio de los estadios por el canto de los pájaros de su finca, situada en una zona rural del estado de São Paulo, pero sigue teniendo muy presentes los grandes encuentros en los que participó y, de manera muy especial, la final de la Copa Mundial de la FIFA México 1970.
En esta entrevista con la FIFA explica que la campaña que culminó con la conquista del tercer título mundial de Brasil transcurrió en un ambiente perfecto.
El mediapunta puede escuchar aún perfectamente, como si fuese hoy, el rugido de los 100 mil espectadores que abarrotaron el Estadio Azteca en la final que enfrentó a los sudamericanos contra Italia aquel 21 de junio, aunque la sintonía de la selección brasileña con la afición del país organizador había comenzado antes.
«La estancia en México en 1970 fue maravillosa, porque estuvimos en Guadalajara hasta que salimos de allí para jugar la final. Fuimos ganando un partido tras otro, gracias a eso pudimos quedarnos en la misma sede. En ese sentido, fue estupendo. Y además la final se jugó en el Azteca —que es enorme— y estaba lleno hasta la bandera», recuerda.

El cariño de los mexicanos, que se hizo más intenso aún tras la eliminación de la selección anfitriona en la ronda de cuartos, sirvió para propulsar a Brasil, que correspondió ofreciendo un auténtico recital.
El combinado que reunía a astros de la talla de Pelé, Tostão, Gérson, Jairzinho y el propio Rivellino encadenó seis victorias en otros tantos compromisos, con actuaciones de fantasía.
«Cuando México quedó eliminado, el pueblo mexicano se volcó con la selección brasileña, por nuestra forma de jugar, la magia, esas cosas… Eso hizo que nos adoptasen y nos animasen, hasta el punto de que fue un verdadero espectáculo», insiste.
Magia brasileña en tierras aztecas

La superioridad de aquella selección no fue fruto del azar, sino producto de un juego que no paró de mejorar constantemente. La compenetración y la confianza del equipo eran cuentos que —afirma Rivellino— ningún adversario sería capaz de plantarle cara.
«En cada partido, Brasil desplegaba un fútbol mejor. No creo que hubiera perdido ni siquiera de haber disputado otros dos o tres partidos, porque el juego no dejaba de ir a más. Y por si fuera poco, teníamos al Rey Pelé. ¿Quién no querría verlo?», afirma el dueño de la zurda más potente de la selección, que se ganó el apodo de » Patada Atómica «.
De hecho, recuerda la final, contra la temida Italia, como un duelo bastante sosegado, en su opinión el más asequible de toda la campaña en México.
TEMA DE INTERÉS
Si bien la primera parte terminó con un empate a 1-1 —con goles de Pelé y Boninsegna—, la segunda fue un monólogo brasileño. Gérson, Jairzinho y Carlos Alberto firmaron los otros tres tantos de la goleada por 4-1 definitivo que dio el título a Brasil.
«Por increíble que parezca, el partido más tranquilo, el más “fácil”, fue la final contra Italia. A mí me pareció un partido para haber marcado unos cinco goles. Hasta hubo una jugada en la que me hicieron penalti cuando estaba a punto de marcar, pero ya íbamos 4-1 y al final el árbitro no lo pitó», señala.
Cuando el árbitro decretó por fin la conclusión del partido, la conquista del tercer título mundial convirtió el césped del Azteca en un escenario de catarsis y pura locura, en el que el público rompió las barreras de seguridad para sumarse a la celebración de los campeones.

De vuelta al escenario del tercer título
Transcurrido más de medio siglo, la proximidad de una nueva Copa Mundial en el continente ha reavivado el fuerte vínculo que siente con el pueblo mexicano Rivellino, quien asistirá el 11 de junio al partido inaugural, el México vs Sudáfrica , en el Estadio Ciudad de México.
Ya había regresado en otras ocasiones al país para recibir homenajes, pero nunca a aquel campo. En 2018, entró junto a Cafú —integrante de la selección que logró el quinto título brasileño— en el Salón de la Fama del Fútbol Internacional, situado en Pachuca, y recibió también con los demás campeones de 1970 las llaves de la Ciudad de México.
Ahora arde en deseos de volver a caminar sobre el césped en el que su generación alcanzó la gloria.
«Va a ser un momento maravilloso. Después de prácticamente 56 años, no veo la hora de pisarlo, tengo muchísimas ganas», concluye.




